El ritual diario de comprobaciones. La cartera, presente; el móvil, presente; las llaves, presentes; el paquete de tabaco, no presente, tendría que comprar uno. Esto era así, había que asegurarse que estuviese todo. De los bolsillos de los pantalones vaqueros extraje una postal gratuita de la Costa del Sol y por la ventana veía los edificios con sus terrazas repletas de ropa colgada secándose al sol. Pensé que sería una buena fotografía para una postal gratuita, las bragas de mis vecinas puestas a secar al sol de esta costa era una sugerente e inmoral forma de ver el encanto de esta tierra. Le preguntaría a mi compañero de piso qué le parecería tal postal de nuestro mundo.
Me encontré a M una lluviosa tarde de invierno mirando los escaparates de una tienda de muebles que se encontraba frente a mi portal. En aquella época ya estaba compartiendo piso con Alejandro y llevaba varios meses sin encontrarme con M por las calles de Torre del Mar. Nos miramos en cierto modo sorprendidos, las intermitencias de nuestros encuentros eran habituales, no obstante, creí entrever en su media sonrisa un atisbo de tristeza y pensé que tal vez el encuentro era menos casual que de costumbre. Era evidente que algo le había pasado, pero no me dijo nada, aceptó la invitación a subir a mi piso y mientras subíamos por el ascensor me cogió con fuerza la mano izquierda.
Una vez en el piso, nos sentamos en el sofá a disfrutar de una cerveza fresca. Empezó a llover en la calle, dentro se podía oír el rumor de la lluvia golpeando en los edificios, en el suelo de las calles, limpiando el aire y cambiando la ciudad. Porque Torre del Mar era un sitio muy diferente cuando llovía. En otras ciudades, como, por ejemplo, Londres, en la cual estuve unas cuantas veces, la lluvia se aceptaba como algo natural y no cambiaba la apariencia de la ciudad. Sin embargo, aquí era distinto. La gente sentía que les habían robado el sol, el traquetear del tráfico se hacía más dificultoso y las calles se llenaban de incómodos charcos y losetas sorpresa que al pisarlas levantaban una lengua de agua que lamía el bajo de tus pantalones. A M le encantaban los días de lluvia y solía andar por las calles dejando que el agua mojara su cuerpo. De hecho, prometió no volver a comprarse paraguas porque le encantaba sentir la fría ducha de la lluvia en sus ropas. Pensando en eso, me di cuenta que ella tenía la ropa mojada y le insté para que se quitase lo que estuviera mojado y se tapase con una manta mientras dejábamos que se secasen al calor de una estufa eléctrica. Me obedeció sin decir nada y se fue quitando cosas con la mirada perdida en las fotografías que mi compañero y yo habíamos colgado en el salón del piso. Por aquel entonces, tanto Alejandro como yo nos aficionamos a hacer fotografías de la ciudad, de la gente, de los comercios, del campo, de todo los que nos parecía digno de ser inmortalizado. Elegíamos de entre esas fotos las que nos parecían más elocuentes, más emotivas o más atractivas y las colgábamos por todas las paredes de nuestro pequeño piso. M quedó en ropa interior y yo me maravillé viendo la belleza de su cuerpo.
Pasamos un rato hablando de las cosas de nuestra vida cotidiana. Sus pequeñas impresiones sobre el trabajo, los estudios y la vida de amigos comunes. En todo ese tiempo no dejé de vislumbrar en M algo que me desconcertaba, algo ajeno a su natural alegría, algo que ensombrecía de alguna manera el brillo de sus ojos. Y ella también tuvo que intuir de alguna forma que había sido descubierta, puesto que me miró de una forma extraña, como si hubiese sentido una punzada de dolor en algún órgano vital, y se echó a llorar.
Se echó a llorar sordamente, un llanto calmado, sosegado, reprimido. Era la primera vez que veía llorar a M. Hasta ese momento, M pertenecía a ese grupo de personas que mantienen una constancia de carácter, un optimismo y un júbilo que forman parte de su natural modo de desenvolverse en el mundo. La tenía ante mí rendida en sollozos, acerqué mis manos a la cara que ella intentaba tapar entre sus dedos, le retiré esta máscara, acaricié sus mejillas sintiendo la humedad de sus lágrimas y la besé. Ella se dejó besar sumisa, apaciguada en parte por esa energía que nos recorre el cuerpo cada vez que alguien nos da un beso. Entonces me di cuenta de que íbamos a hacer el amor como lo habíamos hecho tantas veces, dejándonos llevar y juntando nuestros cuerpos hasta convertirlos en uno solo.
Volvió a ser M, la de siempre, aquella que se levantaba desnuda y sudorosa después de hacer el amor y daba vueltas en la habitación canturreando canciones ininteligibles. Que se miraba al espejo y me preguntaba si me había percatado del lunar que tenía en el costado izquierdo. La que después me contaba algo que le había pasado buscando gangas en el mercadillo, me besaba y me acariciaba para volver a levantarse y seguir canturreando o mirando su propio cuerpo en el espejo. Porque yo era como un mudo testigo de las intermitencias de M, de su inconstante deambular por las habitaciones, de sus gustos cambiantes y sus charlas entrecruzadas. Era cómplice de sus delirios ebrios, de su afán por encontrar algo que yo ignoraba, pero que debía estar allí atormentándola o seduciéndola.
Ambos nos admirábamos. De alguna forma, a ella le encantaba mi compañía, le daba seguridad y se sentía cómoda jugando conmigo por las calles. Y yo me rendía, me dejaba atrapar por el mundo M, por sus payasadas y ocurrencias. Mi carácter tranquilo era el contrapunto de su desbordada energía y ansias de vivir. Sin censuras, sin pretensiones, sin ataduras.
De esta forma, pasamos la tarde. No me atreví en ningún momento a preguntar por el motivo de su llanto y puede que ella supiese que yo no le molestaría con preguntas. Tan sólo pasé unos últimos minutos mirando como M se peinaba frente al espejo cantando una canción de Sugarless que se llamaba Pollo al ajillo y que a ambos nos producía una especie de risa tonta que no podíamos remediar.
Era el juego, la persecución, la búsqueda, la permanente intermitencia de la relación con M. Era algo que me atraía, que me hacía dar vueltas por la ciudad y buscar esas cosas que nos llamarían la atención, esos trocitos de fantasía que se desgarraban de lo convencional y se plantaban delante de nosotros. Y me planteaba esta bendita locura, esa aritmética progresiva de la vida que hace avanzar las ideas, los recuerdos, las vivencias y los sentimientos. Pero no eran números, ni tan siquiera palabras, era algo que no podía definir, que me tenía sujeto con una camisa de fuerza y atrapado en una habitación acolchada; era M, era Torre del Mar y era yo. Yo mismo había luchado muchas veces frente a eso, pero no podía huir, no había escapatoria y el beso que M me daba al despedirse era como la promesa de una futura cita, de una nueva nebulosa de cuerpos entrecruzados, caricias y susurros.
Alejandro, mi compañero de piso, llegó unos minutos después de la partida de M. Me dijo que se había encontrado con M en la calle. Yo, sin embargo, no le comenté nada, tan sólo me vino a la cabeza la lluvia y la postal de las bragas de mi vecina. Le pregunté por eso y él se echó reír diciendo que le encantaría recibir una postal así alguna vez.
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