Azahar en cabello

sitiado de miradas

sin decir nada

y faz de princesa

herida de desazón

de un cielo abierto

en el que los ojos

sin lágrimas

olvidaron abrazar.

A duras penas

las penas duran

para cerrar

puertas y ventanas

de imaginación

maltratada,

suerte echada

a olvidar recordando

como el creyente

que cree sin ver

aquello que en fe

reposa sin merma.

Varada sensación

entre arena ardiente

que no dejas morir,

parasitando tu alma

un negro augurio

de nubes de tormenta

que a cada intento

de intentar anega

tus nervios, princesa,

de pucheros resignados.

Pose de vital realeza

que en empeño

servido de marisco

no esconde el miedo

a querer en lo desconocido,

supura entre caladas

humo de tierra mojada

que viaja ondulado

mecido por la brisa

del mar de tristeza

con el que tu cuerpo,

princesa, se desnuda.