El fuego del verano azotaba furioso la ciudad con un látigo de terral y nos convertía a todos en esclavos sudorosos y apáticos del bochorno. La sombra húmeda y babosa del sueño me abrazaba pegajosa, obligándome a retorcer en incómodos escorzos mi cuerpo agarrotado por el agobio en un espectáculo de contorsión imposible cuyo escenario era una ardiente, pero desapasionada, cama.

Al fin, no tuve más remedio que levantarme y afrontar en vigila una de esas tardes pesadas e hirvientes. Con poco o nada que hacer, viajando a través del pensamiento a la lejana playa, extendida viva y alborozada a muchos kilómetros de esta ciudad, mientras ignoraba el rumor tonto de la televisión de fondo y seguía una estricta hidratación gracias a un constante suministro de cerveza fresca.

Me encontraba aburrido. No tenía ganas de ver, escuchar o leer. Sin compañía ni amparo contra el flagelante calor, comencé a dar vueltas por el pequeño apartamento en un intento de despejar mi abotargada cabeza y dar un activo respiro a la postración.

En un extraño efecto, la atmósfera se me hacía menos asfixiante en aquella habitación que utilizaba para guardar mis escasas posesiones. Allí, además de guardar mi bicicleta, tenía la tabla de planchar y, junto a ella, la ropa amontonada, pero la idea de una sesión de planchado se me antojaba como un remedio difícil. También había un armario empotrado que abrí casi por inercia.

Trastos y más trastos, objetos que me habían pertenecido, aunque, ahora, más bien, parecían haber sido abandonados. Dentro del armario había una bolsa con palos de golf, unos esquís, varios juegos de mesa y un caballete deslustrado. Todo acumulando polvo y olvido en grandes dosis. Pegadas a un costado, descansaban apiladas varias cajas.

Cogí la primera y la abrí. Crujió suavemente y me descubrió, para mi sorpresa, mis antiguos enseres de malabarista. Recordé al momento aquella época en la que me dedicaba a vagar por las calles cargados con ellos en busca de una pequeña dádiva que me ayudase a completar mis estudios.

No me pude resistir y saqué aquellas bolas de arroz con las que practicaba en casa. Sin saber cómo, comencé a realizar los ejercicios que había practicado tantas veces antaño. Automáticamente, mis manos se volvieron ágiles y rápidas, mi corazón empezó a latir con fuerza y olvidé el calor y el aburrimiento.

En un segundo, me había trasladado con todas las cosas al salón-cocina para tener un poco más de espacio para realizar los malabares. Poco a poco fui añadiendo más dificultad a los ejercicios, los cuales no había olvidado para nada en todo estos años. El techo alto del apartamento jugaba a mi favor, así que en sólo unos instantes me encontraba realizando movimientos con siete bolas a la vez.

Estaba pasándomelo realmente bien, de forma que cambié las bolas por los aros y, al rato, estos por los platos chinos. Concentrado, la tardé cayó en un suspiro para dar paso a las sombras de un lento atardecer cuando me dispuse a probar mi antiguo diábolo. El carrete corría deslizándose por la cuerda entre los palos. Lo hice saltar, retorcerse y dar vueltas por el aire con destreza, no parecía que hubiese perdido nada de mi técnica.

Dejé a un lado el diábolo para probar los palos chinos, los cuales manejé con soltura. Me asaltaron entonces todo tipo de remembranzas. Recordé aquellas reuniones en la plaza en la que todos compartíamos nuestros trucos y consejos. También me acordé de los trucos con cuchillos y con fuego, del subidón de adrenalina que ofrecían.

Totalmente obsesionado y con el mono, busqué en la cocina unos buenos y equilibrados cuchillos, pero no encontré nada que me ayudase. Pero, en cambio, sí que tenía los bastones para realizar los ejercicios de fuego. Al fondo de la caja, todavía quedaba algo de agua de fuego, ese combustible tan ideal para realizar este tipo de malabares.

A pesar del calor de la noche, el fuego despertó en mí una muy grata sensación que escapa a mi capacidad narrativa. El cosquilleo de la adrenalina y la tensión era un bálsamo para mi hastiados sentidos. Los ejercicios iban realmente fluidos e iba poco a poco alimentando la dificultad.

Extasiado, me encontré ajeno a todo a mi alrededor y no tomé las precauciones adecuadas. Uno de los dogmas que siempre había seguido al realizar malabares con fuego era no practicarlos en casa, sino en espacios abiertos o en salas desahogadas. Sin embargo, mi fiebre me había impulsado a olvidar estas sencillas normas. Sin control, en uno de los movimientos, un bastó ardiente rozó las cortinas de una de las ventanas del salón.

Rápidamente, la cortina se convirtió en una gran antorcha que iluminaba mi sonrisa enloquecida. No fui consciente del peligro hasta que noté la punzada afilada de la lengua del fuego en mi hombro izquierdo. Como sacado de un extraño sueño, tomé conciencia de súbito de todo aquello que estaba ocurriendo a mi alrededor. El humo se estaba acumulando en los altos techos de la estancia y en torno a mi cuerpo las sombras bailaban entre las llamaradas.

Por suerte, el camino hacia la puerta del apartamento estaba despajado. Corrí hacia allí y el calor del pomo mordió la palma de mi mano dejando una muesca enrojecida. No me importó y conseguí abrir con celeridad. En cuestión de segundos, estaba en el portal dando aviso a todos los vecinos a través del portero automático. Alguien había advertido el peligro y se había adelantado a llamar a los bomberos, que aparecieron prestos doblando la esquina de la calle.

En estos momentos, estoy sentado entre las puertas de una ambulancia. Un sanitario me ha revisado las heridas del hombro y de la mano. Me han colocado una manta por encima de mi tronco desnudo, a pesar del bochorno instaurado en la ciudad desde que comenzó este aburrido verano.

No obstante, no me encuentro triste ni asustado, tampoco me siento mal por todo lo que ha pasado. Las heridas me escuecen y, por lo que ha dicho el paramédico, es posible que me dejen unas buenas cicatrices, pero no me importa. Ahora mismo me siento bien… me siento realmente vivo y el dolor es tan sólo un recuerdo de que esta vida sigue y sólo nosotros podemos evitar que nos tumbe absurdamente ese jodido aburrimiento.