Bostezó. Algunos de sus compañeros giraron la cabeza hacia su dirección para ver las incipientes caries acechando su dentadura. Volvió a bostezar una vez más sin atrapar, esta vez, el interés de alguien. La gélida atmósfera de la clase obligaba a los alumnos a mantener puestos sus abrigos mientras estaban sentados a los pupitres. A la fría sensación del aula, se le sumaba la monótona voz del profesor de Historia llegaba filtrada por un embudo soporífero que asemejaba al enlatado sonido de las radios antiguas.

En contraste con el aterido interior, la luz del sol penetraba alegre por las ventanas pugnando por entibiar los haces de la descarnada iluminación artificial. Los afortunados que se encontraban cerca de esta tenue fuente de calor se arrebujaban en un intento de absorber la máxima cantidad de ondas electromagnéticas, por lo que permanecían, al igual que lagartos intentando calentar la sangre, en la más absoluta quietud y con los ojos entrecerrados, una pasiva muestra de un frugal deleite.

Él, en cambio, alejado de las ventanas, tan sólo podía intuir con un escalofrío indefinido aquello que sentían los receptores de aquella luz, a su vista, celestial. Sus legañosos ojos escrutaban a cada uno de sus compañeros, ignorando la sosa cantinela del profesor que, al parecer, se había cosificado en algo parecido a un mueble antiguo y presidía la sala apolillado y deslucido.

El magnetismo de esa parte de la gran estancia era tan potente que no pudo evitar perderse más allá del vidrio que les separaba del exterior. Anduvo libre por el descampado que se encontraba tras la valla del instituto, sin abrigos o prendas, tan sólo su piel que recibía dichosa el calor del sol. Había silencio, no aquel de voces adormiladas acalladas por estúpidas órdenes, sino silencio plácido compuesto por los elementos. A lo lejos quedaba el mundo, todo el mundo.

Lluvia de cristales rotos seguida de un ensordecedor estruendo que salta por encima de los vigorosos chillidos de sus compañeros. El profesor se ha perdido engullido por un inmenso escritorio, pero su discurso sigue presente en un incansable morse que resiste paralelo al jaleo en el que se ha envuelto el aula. Algunos corren, otros permanecen inmóviles en sus asientos, muchos no dejan de gritar. La cámara se ha despresurizado.

Él se levanta parsimonioso, casi con ademanes ceremoniales, y se asoma a la ventana. El aire tibio le da una bofetada alegre y sus pupilas se contraen ante el baño de luz de una colorida primavera temprana. Sin prestar atención a los afilados cristales que bordean el marco, se sienta lentamente en el alféizar. Alguien parece llamarle a su espalda, pero no le importa. No le importa nada.

Salta.