Caminaba por la acera saltando de baldosa en baldosa. Las líneas cortaban, laceraban al igual que un mal recuerdo arañaba algo dentro, muy dentro. Mandíbula apretada de concentración, músculos tensos a cada cuidadoso paso. Una mirada hacia el otro lado. La calzada entre dos mundos. Caballos de metal rugiendo feroces, excretando gases tóxicos que contaminaban su respiración. Pulso, late, pulso, late.

Un perro en su camino menea el rabo conciliador, dispuesto a prestar servicio a cambio de una caricia. Valiente bestia, sin temor a los extraños. Blanco nieve, nube de verano con patas, manojo de vida que marca cada esquina con orines. Destilando olor, esencia, ¿feromonas? Humanos recelosos oliendo traseros, empujados por el instinto cánido de lobos dispuestos a la caza.

El animal prosigue ignorando su misión. Ha de cruzar todo el largo de la calle sin un corte. De un punto A a un punto B todo peligros. Vuelve la alerta, el semáforo brilla con esos muñequitos. Luminosos personajillos a los que les gusta ordenar, mover las masas, detenerlas, volver a avanzar. Todo a su ritmo. Percutiendo, martillo de visión, caja de ritmo, aprendida danza.

Salta. Vuelve a saltar. Avanzando lentamente, pero seguro. Entre peatones acelerados como gaseosos átomos expandiendo esta jungla de asfalto a la que llaman ciudad. Auriculares y mochilas, bolsos y teléfonos móviles de última generación, autoestima de comprimido en comprimida jauría mundana. ¡Más volumen! ¡No se escucha nada! ¿Cómo? ¡El tráfico! ¿Qué? ¡No se oye! Más volumen. Música pervierte el «natural» murmullo de la calle. Concéntrate. Saltó.

Alas de mariposas que pasan zumbando ante su faz perlada. Un culo rompe su coreografía intersemanal de pasos vacilantes en neurótica acogida del mundo mundo salvaje de la city en la que se encuentra. Tiene que llegar, debe llegar. El sustento le espera, hambre aprieta en barriga vacía. Mariposas. ¡Un culo! Mari posa. Se detiene y otea el horizonte de cuello partido. Punto móvil, cadencia de pensamientos impuros y rigidez en el cogote. Por el pescuezo que se agarra, así, así. Bien fuerte.

De puntillas, ballet, él era una bailarina de ballet. No cisne, cuervo. Sacar ojos, dulce néctar de líquido ocular picado por pico. Ya queda menos, proletario. Ficha sacaojos, capital devora hígado y alma a partes iguales. Engulle el hambre, ¡cuidado con el filo! Recuerdos, memoria afligida directa a la encía sangrante de la que mana un sentimiento cocinado a la espalda. Balbucea algo parecido a unos versos de pan tostado y cítrico pomelo:

 

«Al pasar la barca

me dijo el barquero

las niñas bonitas

no pagan dinero.»

 

Él era bonita, lo podía jurar con libro sagrado en mano. Ahora debe escalar el edificio. Un último salto de la acera al gran barco que a la deriva se sostiene ha sucedido. Insano y salvo excepciones, llegó ya. Nuevo culo se agacha ante sus fauces firmando una presencia. Escalón, tropiezo y de bruces contra el marmóreo suelo.

 

«Yo no soy bonita

ni lo quiero ser

tome usted los cuartos

y a pasarlo bien.»

 

De boca cayó al mundo y de boca aterrizó.