Definitivamente, era mejor que pasar hambre. No, no iba a pasar hambre por esa especie de vergüenza que le atacaba cuando se imaginaba en aquel puesto de trabajo. Era verdad que no era lo ideal para un sobrecualificado profesional con dos grados universitarios y un máster. No obstante, a fin de cuentas, necesitaba el trabajo sí o sí y este era bien sencillo. Por lo que lo aceptó sin poner muchas más objeciones. Momentos como el actual llamaba a la practicidad, flexibilidad y, sobre todo, a ser optimistas.

En la agencia de contratación todos fueron muy simpáticos. Las sonrisas, no estaba seguro si forzadas o naturales, se encontraban instauradas en los rostros de cada uno de los empleados de la misma al igual que un elemento branding, contrastando con el habitual semblante de seriedad, hastío y amargura tan característico de aquellos que se dedican a los recursos humanos. Este hecho le hizo sospechar. Días antes, había leído un reportaje en prensa sobre aquellas empresas «multinivel» que atraían a los desesperados desempleados con el gancho de la prosperidad y el dinamismo y que resultaban, en realidad, ser sectas que rendían culto a la precariedad, al mobbing laboral y las comisiones ridículas. Él mismo conocía algunas personas que habían pasado por este tipo de empresas y sus experiencias no invitaban a otra cosa que no fuese el pavor.

Sus dudas, por tanto, eran más que justificadas. Así, trató de aclararlas preguntando a la chica —sorpresivamente joven— que le atendió en la oficina:

—Entonces, ¿me comentas que no va por comisión?

—No, este puesto tiene un pago estipulado por horas —contestó la muchacha esbozando una sonrisa.

—Pero… ¿no hay ningún tipo de jerarquía piramidal o eso del multinivel? —volvió a preguntar.

—No te preocupes —respondió tras una leve risita—. El trabajo es para una empresa seria, líder en el sector de las encuestas.

Repasó de nuevo su contrato cláusula por cláusula. No encontró nada que llamase a la sospecha. Uno por uno, todos los puntos parecían estar en orden y sin ningún tipo de ambigüedad. Esto le tranquilizó. Firmó el contrato en los lugares indicados y se lo devolvió a la joven, la cual revisó rápidamente el documento.

—Todo parece correcto —hizo una pausa para agregar—. Empiezas mañana, aquí tiene las instrucciones —le pasó un grueso sobre marrón—. ¡Enhorabuena!

Al día siguiente, se vio en la calle con una carpeta en la que apoyaba el impreso con las respuestas, un bolígrafo Bic y el estómago vacío —el poco cambio que tenía no le llegaba para un rápido desayuno, debía guardar todo para el autobús de vuelta—. Su trabajo simplemente consistía en realizar una única pregunta a los transeúntes que pasaban por la calle:

¿Qué es más nefasto: el clima del Congo o el genio?1

«Una pregunta bien extraña», se dijo, y trató de contestarla por él mismo. Las condiciones climatológicas del Congo podrían bien calificarse de extremas dada su cercanía al ecuador, pero, por otro lado, el genio tenía por definición un aura nefasta que lo hacía candidato a ser la respuesta más elegida entre la multitud. Sin embargo, el genio, a su vez, podría referirse a la cualidad creativa o intelectual, en ese caso, no sabía muy bien si sería algo bueno o algo malo. Para algunas personas, bien sabía él, el genio podría ser algo así como una maldición. ¿Cuántas personas consideradas «genios» era infelices o sus vidas habían acabado de forma trágica? La cuenta sería abrumadora. Pero, por otro lado, pensó en algunos otros genios que eran conocidos por su optimismo. Einstein, Hawking, Shakespeare, Edison, Mujica… la lista de genios se podría extender indefinidamente. Genios en todos los campos y en todos los sentidos, ¿qué podría haber de nefasto en todo eso?

Pensó que, quizá, lo mejor sería preguntar. Al fin y al cabo, esta extraña cuestión parecía tener un poder sugestivo, un interruptor invisible que invitaba a la reflexión. Al menos, a él le había servido de acicate. Tenía que ponerse manos a la obra.

Con determinación y una sonrisa, se acercó a la primera persona de la mañana, un hombre de mediana edad que paseaba con parsimonia distraída por la céntrica calle.

—Buenos días, caballero ¿tendría tiempo para contestar una sencilla pregunta? —le abordó.

—Buenos días, ¿tan solo una pregunta? —replicó el hombre.

—Sí, una pregunta.

—Vale, no tengo problema, dígame, joven —aceptó.

Posó la vista en su carpeta y leyó la pregunta en voz alta.

—¿Qué es más nefasto: el clima del Congo o el genio?

—Umm, creo que el genio —se detuvo a pensar unos segundos—. Sí, sin duda alguna, el genio.

Apuntó el resultado en la hoja. La primera persona de la mañana había señalado al genio como nefasto. A pesar de entenderlo, de alguna forma, la respuesta le dolió como un pellizco.

Debía seguir, por lo que se acercó a una señora de unos sesenta años que transportaba una bolsa de mimbre de la que asomaban algunos productos hortofrutícolas.

—Señora, disculpe, ¿tendría un momento para contestar una pregunta?

La señora se detuvo y le miró de arriba a abajo y de abajo a arriba. Luego le preguntó:

—¿No será para venderme algo?

—No, señora, es para una encuesta.

—¿Una encuesta de qué? —cuestionó la buena mujer.

—Es tan solo una pregunta.

—Si es tan solo eso, venga, adelante —accedió con un gesto resignado.

—¿Qué es más nefasto: el clima del Congo o el genio? — le preguntó.

—¡Oh, el genio es muy malo, hijo! —la señora continuó su camino cargando con los recados pesadamente.

Marcó el segundo resultado en contra del genio. De nuevo, le pareció como si le hubiesen pinchado con una aguja a traición. No obstante, pensó que todavía quedaba mucha mañana.

Decidido, continuó preguntando y preguntando. De esta forma, fue acumulando más y más respuestas. Sin haber realizado ningún descanso a media mañana, todas las respuestas sin excepción que había obtenido hasta ese momento se decantaban por el genio. No podía creer que la gente fuese tan unánime en esta cuestión.

El término de la jornada matinal estaba llegando a su fin y su ánimo fue extrañamente decayendo con esta consideración. El genio era, casi por una consideración universal, más nefasto que el clima en el Congo. ¿Cómo podría ser eso posible? ¿Cómo se podía llegar a tan unánime conclusión? Le daba una y otra vez vueltas, pero no era capaz de encontrarle una explicación.

Cuando ya se iba a dar por vencido, se le acercó una anciana y le preguntó, no exenta de cierta morbosa curiosidad, qué era lo que se traía entre manos.

—Verá —le explicó él—, estoy haciendo una encuesta…

—¿Sobre qué estás preguntando? —le cortó la señora.

—Es un poco difícil de explicar, señora, pero le puedo decir parece que todo el mundo está de acuerdo.

—¿Sobre qué, joven? —insistió la anciana.

—Sobre que el genio es más nefasto que el clima del Congo.

—Entiendo, ¡qué tontería! ¡Mira que preguntar eso! —exclamó la anciana.

—¿Disculpe?

—Sí, joven, lo que he dicho, eso una soberbia tontería.

Desconcertado, no supo bien cómo continuar. Comparar una cosa con otra era raro, pero no se le pasó por la cabeza que fuese una tontería. Finalmente, tras unos segundos, se atrevió a preguntar:

—¿Por qué es una tontería?

—Porque todo el mundo sabe que el genio es más nefasto que el clima del Congo, es de cajón, jovenzuelo —replicó la mujer con toda naturalidad.

Quizá fuese verdad. Puede que el genio sea más nefasto que el clima del Congo. Aunque, ¿quién entre aquellos a los que preguntaba podía constatar cuál era el clima del Congo?

Sonrió, puso otra marca en contra del genio y miró el reloj. Su jornada laboral había concluido. No tenía duda alguna de que este había sido el mejor trabajo que había tenido en toda su vida, pero… ¿cómo podía estar tan seguro?

  1. Nota de Arthur Cravan ??

 

Texto e imagen de Ismael Minguet