Hace varios años que siempre hacía la misma pregunta a modo de broma: ¿Llevas un hacha en el maletero de tu coche? Me inspiré en el libro de Juan Bonilla Nadie conoce a nadie, no recuerdo exactamente qué personaje alentaba a otro a que portase esta herramienta como complemento al kit reglamentario en caso de accidente, es más, no recuerdo si era de esta forma en la novela, pero me había quedado con la idea y ésta me había parecido macabramente graciosa.

Así, con cierta guasa, le espetaba a todo nuevo conocido la dichosa cuestión, buscando, por un lado, desarmarlo momentáneamente antes de añadirle en tono vacilón «Es coña», y, por otro lado, tenía una morbosa curiosidad por dar con alguien que realmente transportase esta posible y contundente arma blanca. No concebía que una persona normal tuviese necesidad de ello y la simple idea se me presentaba un tanto absurda.

Sin embargo, tras varios años utilizando el mismo truco para sorprender a mis nuevas amistades, creo que con poco éxito, desistí de utilizar la treta el día que yo mismo me cuestioné si llevar un hacha en mi propio vehículo o no. Fue de esos pensamientos que surgen espontáneamente cuando observas tu turismo, algunos dudan en ponerle unas llantas nuevas o cambiar algún elemento estético, yo pensé en equiparlo con un hacha. A partir de entonces, hice un esfuerzo para no volver a caer en esta tontorrona ocurrencia, lo que, debo admitir, mejoró mi vida social notablemente.

No volví a pensar en ello durante años. En ese tiempo conocí a Susi. Nos presentaron unos amigos en una de esas aburridas comidas de trabajo en las que tú, al ser un subordinado, sólo participas de ella como una especie de extra de cine, dedicándote exclusivamente a comer. Susana, en su círculo de amigos más conocida como Susi, era una chica bajita, rubia natural, pecosa y muy dulce, tan edulcorante en ocasiones que temía acabar teniendo un ataque repentino de diabetes.

La comida al lado de Susi se me hizo menos aburrida y creo que desde un primer momento llegamos a congeniar perfectamente. Al día siguiente, me atreví a llamarle para tomar un café y poco después comenzamos a salir. Me gustaba su tranquilidad, su confianza en todo el mundo, su manera un poco infantil de enfocar las cosas.

Un fin de semana planeamos realizar un pequeño viaje y alojarnos en una casa rural. Ella propuso ir en su coche, ya que el mío era un poco más antiguo e incómodo. Al comenzar a cargar las maletas en su vehículo, casualmente levanté la tapadera del falso fondo que se utiliza para guardar la rueda de repuesto y encontré un hacha.

¡Un hacha! La dulce Susi llevaba escondido esta herramienta impropia de su carácter y genio. ¡Qué casualidad! Años preguntándome morbosamente qué tipo de persona era capaz de transportar en su coche este tipo de armas blancas y resulta que Susi, mi propia novia, era una de esas personas. ¿Escondería Susi su verdadera personalidad psicopática? ¿Pensaría utilizar el hacha contra otras personas o, incluso, contra mí?

Pronto me vino a la cabeza un millón y medio de películas en las que un loco armado con un hacha intenta despedazar a todo ser viviente ante nuestros aterrados ojos. ¡Maldito Hollywood! ¡Qué mal ha hecho El resplandor en nuestras mentes! ¡Mierda!, incluso tenía una camiseta con la cara de loco de Jack Nicholson en esa película. Me puse paranoico y comencé darle vueltas al asunto.

La mente humana suele hacer unas asociaciones muy extrañas. Comencé a divagar. Le di vueltas al viaje: los dos estaríamos solos en una pequeña cabaña que se encontraba a varios kilómetros de distancia de un lugar habitado. Además, ella había propuesto esta salida de forma muy insistente, destacando la intimidad y el contacto con la naturaleza. Susi, mi Susi, la que le encantaban los Sugus, la que tenía un conejito como mascota y cuando murió se le aparecía en mitad de los coitos, tenía un hacha en el coche.

Comencé a temblar y noté como se me congelaba la sangre, no podía procesar bien la información. Escuché la voz de Susi a mi espalda pidiendo paso para ayudarme a meter las maletas. En un rápido gesto, Susi volvió a colocar el falso fondo con total naturalidad y metió todo el equipaje birlándomelo de las manos sin recaer en mi estado. Se introdujo dentro del coche y desde el asiento del conductor me llamó para que me introdujera en el habitáculo. Sólo cuando caminé pesadamente hasta penetrar en el interior del vehículo ella se percató de mi estado.

—Cariño, ¿te encuentras bien? —me preguntó con gesto preocupado—. Te veo muy pálido.

Tartamudeando logré contestar:

—No, a… amor, no te preocupes, es sólo que, como sabes, no he desayunado nada…

—Chico, no te había visto nunca así —añadió y arrancó el coche conformándose con mi respuesta.

Fue un fin de semana de locos. Llegamos a la cabaña a la hora de comer. El viernes había amanecido radiante, un sol primaveral bañaba todo resaltando los matices de una amplia gama de colores vivos y brillantes. No obstante, después de la comida, la cual cayó en mi estómago como un yunque, las nubes tomaron a la fuerza el cielo, borrando los colores y transformándolo todo en un sombrío paraje más amenazador que idílico. Empezó a llover, primero en una especie de fina aspersión que era resultaba en cierto modo agradable, luego comenzó la tormenta y no paró hasta que abandonamos aquel sitio.

Dos noches de vigilia, dos madrugadas de sudor frío en compañía de la paranoia. No dejaba de dar vueltas al absurdo tema del hacha, y Susi, más Susi que nunca, cuidaba de mí como de un niño enfermo. Yo, por otra parte, intentaba ocultar mis verdaderos temores, procurando vigilar cada movimiento de mi fiel novia, la cual no me daba motivos reales para tal estado de alerta. Una ansiedad opaca nublaba mi raciocinio, estaba definitivamente trastornado.

Susi, resignada, no se quejó cuando nos marchamos de ese bucólico lugar sin haber tenido ese fin de semana tan deseado por ella. Sin haber tenido sol, ni descanso y sin sexo durante dos días, condujo el camino de vuelta en silencio, tan sólo comprobando de vez en cuando si había mejora en mi tez plomiza.

El descubrimiento previo a nuestra romántica escapada abrió una brecha en nuestra relación. La desconfianza se apropiaba de mi espíritu cada vez que nos encontrábamos, sobre todo, haciéndose patente en su pequeño apartamento. La desazón fue tan abrumadora que terminó por romper conmigo sospechando que había estado frecuentando la compañía de otra mujer, puesto que comprobó que ya no había cariño en mis caricias y llevaba varias semanas sin rendir en la cama.

Al contrario de lo que podría parecer, esa ruptura, lejos de aliviar mis tensiones, agravó mi estado de nervioso. Acabé sumido en una profunda depresión que ahondó en todas las facetas de mi rutina. Durante unos meses mi existencia transitó por oscuros senderos de desesperanza, incomodidad y temor. Mi vida social sufrió un golpe de muerte, el contacto con otras personas se reducía a mi tiempo de trabajo, extinguiéndose completamente cuando acabé en la consulta de un psiquiatra con la baja por depresión.

Había tocado fondo por culpa de un hacha. Ese objeto que fue motivo de mi broma se convirtió en el icono maldito que ponía de manifiesto la pérdida de mi juicio. El terapeuta y los medicamentos, lejos de ayudarme, socavaron aún más mis miedos y salía de la consulta con la sensación de ser el hazmerreír de futuras ponencias de psiquiatría médica o lo que fuese que se llamase eso que hacen esas personas.

Cierto día, recluido en la celda que se había convertido mi diminuto piso, encendí el televisor, mi fiel compañero en esa aciaga travesía por el desierto, y la vi. ¡No me lo podía creer!, Susi, la Susi que llegaba a cariarte, aparecía en las noticias. Su imagen estaba como distorsionada, sus facciones aparecían duras, frías, ausentes de esa expresión tan dulce propia de ella. Pude comprobar que sus pecas habían sido borradas por una especie de rudeza animal que mantenía su presencia.

Susi, la ingenua Susi, había sido detenida, presuntamente, por haber asesinado a su pareja utilizando un hacha que, también presuntamente, había llevado escondido en su automóvil. Unos excursionistas perdidos la habían sorprendido en pleno proceso en una cabaña de un parque natural, completamente embadurnada de sangre e histérica, con el arma del crimen en la mano y un vacío en los ojos.

  Por un proceso mental que no alcanzo a comprender, tras haberme informado de esa noticia, algo en mí despertó. Empecé a encontrarme mejor conmigo mismo, más seguro y jovial. Volví a ser el mismo de antes, tan fiel a mí mismo que lo primero que hago cuando conozco a una persona es preguntarle si lleva un hacha en el maletero su coche.