El míster solía explicarnos que para ganar cada partido no sólo había que ser mejores, sino que se necesitaba «algo más» y en el momento en el que lo decía subrayaba cada sílaba señalando su entrepierna con una feroz sonrisa que a todos nos inquietaba. Rápidamente, comprendíamos, él nos azuzaba con una palmada en el trasero a cada uno y nuestros cuerpos en transformación se lanzaban a por el enemigo en una batalla de tierra dorada que parecía temblar constantemente al ritmo de nuestras zancadas.

Correr, aquellos días todo era correr. El míster en la banda gritando como un poseso que había que correr y nosotros asumíamos que no había que parar hasta el descanso o hasta que el árbitro pitara el final del partido. Recuerdo el balón Mikasa caer del cielo y rebotar de un lado a otro. Un objeto de ingeniería concebido para mantener un duro movimiento perpetuo que se convertía en bala de cañón al entrar el contacto con cualquier parte del organismo. Veías esa pelota iniciar una trayectoria algo confusa hacia ti y el miedo se mezclaba con tu osadía de púber —con imagen del paquete de tu entrenador incluida— y ponías la cabeza, el pecho, las piernas o hasta el culo sabiendo que iba a doler, a doler mucho. A veces, la cosa salía bien y golpeabas el balón sin mayor problema que un poco de escozor en la frente, la pantorrilla o el busto, otras, sin embargo, sentías un trallazo que te dejaba sin aire, nublaba la vista y dolía como unos buenos azotes de cura. En esas ocasiones, caías al suelo embarrado e intentabas aguantar las lágrimas como un campeón, como el hombre que estabas empezando a ser, y si permanecías mucho tiempo sobre el albero, el bueno del míster te atendía con spray de Reflex en mano, masajeando con expresión extasiada aquella parte inmadura enrojecida por la «caricia» del Mikasa.

Aquel mejunje tenía la propiedad de refrescar la piel, de insensibilizarla, pero a nosotros lo que realmente nos espoleaba era el olor. Aún siento el cosquilleo en mi nariz al recordar esa fragancia embriagante. Muchos de mis compañeros era verdaderos adictos y acudían a cada entrenamiento y partido con su propio bote de Reflex, del cual abusaban tanto que no hacía falta verlos en el campo, los podías oler a unos metros manteniendo la línea. El míster, por contra, cuando les veía aplicarse sin mesura este analgésico cutáneo, en vez de reprenderles, les animaba con palmadas en la espalda o caricias en la cabeza. Siempre tenía palabras de ánimo para sus favoritos, aquellos a los que les susurraba indicaciones al oído o cogía de la cintura apartándolos del grupo para charlar sobre algún concepto técnico. Yo, afortunadamente, me encontraba entre estos elegidos.

El míster entendía de esto, es decir, de fútbol. A nosotros nos enseñó las reglas y los movimientos básicos de este deporte, pero también nos inculcó los valores que, como siempre decía, «se habían perdido». El principal dogma del míster era el respeto al rival, no sólo aludiendo a la deportividad básica, sino que teníamos que tratar a todos nuestros oponentes como si de campeones del mundo se tratase, aunque fueran peores que nosotros y no supiesen dar dos pases seguidos. El míster castigaba duramente las mofas o el desprecio, nos obligaba, en tal caso, a dar vueltas al campo después del partido y luego te daba «la charla», lo que podía ocurrir en cualquier momento, estuvieses en el campo, calentando, en el banquillo, en los vestuarios, en las duchas o esperando el autobús. «La charla» tenía su propio ritual: el míster se pegaba a ti y te arrojaba a la cara, muy cerca y enfadado, todo lo que le había molestado de tu actitud, luego, cuando ya se había calmado, te acariciaba con cariño la cabeza y comenzaba a explicar paso a paso lo que tenías que hacer la próxima vez y como debías comportarte, te daba una palmada en el trasero a modo de ánimo y te decía «sé que la próxima vez harás lo correcto» guiñándote el ojo.

Durante toda la temporada mantenía cierta tensión, recordando constantemente que cuando un deportista compite, la mayor señal de compromiso con ese deporte, consigo mismo, con el rival y con sus seguidores o la gente que lo apoya es salir a darlo todo y jugar a ganar. Su filosofía era simple: el fútbol era divertido sólo si se tomaba en serio. Por lo que podías ver al míster en la banda dando instrucciones al igual que un director de filarmónica, poniendo toda su alma en lo que hacía.

El míster no era un hombre vehemente, pero sí una persona nerviosa y apasionada, inquieta. Constantemente, corregía e insistía hasta hacer que todos nosotros estuviésemos totalmente concentrados en jugar al fútbol. Repartía elogios y reproches por igual, con esa manera suya tan paternal.

En cierta ocasión, me tomó por los hombros y me apartó del grupo diciéndome con voz suave:

—Gabriel, si sigues así, puedes llegar muy lejos —de súbito, agriando el gesto, agregó—. Pero, hijo, ¡tienes que moverte más! ¡No eres una bailarina de ballet! ¡Eres un futbolista!

Me zarandeó y se volvió como si tal cosa, dejando el eco de sus palabras y su expresión amenazante aún flotando en mi cabeza. Lejos de amilanarme, esta llamada de atención funcionó. De ahí en adelante me propuse no parar y tomarme cada entrenamiento y partido en serio. En la banda, el míster me corregía y me azuzaba a partes iguales y, en el momento en el que el árbitro pitaba el final, al saludarnos uno a uno con una palmada o una caricia en la cabeza, me decía:

—Ese es el camino, chico, ¡ese es el camino!

Esa temporada lo ganamos todo. Todos los partidos, todos los torneos, absolutamente todo. Éramos el ‘New Team’ de nuestra categoría, lo que nos sirvió para algunos de nosotros como forma de acceso a nuestra respectiva selección provincial y a pruebas con canteras de clubes más importantes. Gracias a este nuevo escaparate, conseguí realizar una prueba con uno de los equipos más importantes del país.

Fueron momentos muy complicados. Por un lado, me encontraba exultante, subido en una nube, pero, por otro lado, comenzaba a acumular mucha tensión. Sentía una gran responsabilidad sobre mí y la ilusión se mezclaba con el miedo, un temor al fracaso que me agarrotaba y me impedía pensar con claridad.

En cuanto el míster se enteró de la buena nueva, se volcó sobre mí. Aunque la temporada había terminado, se ofreció para ofrecerme un entrenamiento específico de cara a la prueba. Cada día, realizaba una rutina desarrollada por un preparador físico y, a continuación, el míster me ayudaba a repasar y mejorar algunos aspectos técnicos. Poco a poco, gracias a su soporte, iba canalizando mis inquietudes y miedos. Como buen entendido, el míster se centró sobre todo en el aspecto psicológico, por lo que me colgaba un brazo de los hombros e intentaba que me concentrase en mis objetivos.

—Cuando estés vistiéndote, empieza a realizar los ejercicios de respiración que te he enseñado —yo comenzaba a respirar profundamente—. Así es, muy bien. Es muy importante que te acuerdes de hacerlo en el vestuario, antes de salir a calentar —me ponía la mano en el pecho—. Bien, llena tus pulmones lentamente y suelta el aire muy rápido. Muy bien. Ya lo vas pillando.

Luego me ayudaba a estirar y me masajeaba para eliminar la tensión de los músculos, repitiéndome una y otra vez detalles técnicos y consejos que yo iba implementando en las sesiones para automatizarlos de cara a la prueba. La inyección de seguridad y confianza, junto con la constancia, me hicieron madurar como deportista y como persona.

Viajé con mis padres un día antes de la prueba. El míster tuvo el detalle de llamar al hotel y mantener conmigo una conversación telefónica para que pudiese irme a la cama relajado.

—No sientas ninguna presión sobre ti, es sólo un deporte —escuché decir al otro lado del hilo telefónico—. Lo único que te pido es que tengas respeto por esas personas que han visto algo en ti y confían en que des lo mejor de ti. Disfruta de este momento porque te lo mereces.

Aquella noche, con la ayuda de las rutinas y ejercicios de relajación, conseguí alcanzar un sueño plácido y reparador. Un sueño tan profundo y aséptico que no logré recordar a la mañana siguiente. Me encontraba lúcido, descansado; me encontraba preparado.

Finalmente, superé la prueba. Me uní a la cantera del equipo y comencé mi formación como profesional de este deporte. Con fortuna, trabajo duro y siempre recordando las lecciones del míster he conseguido alcanzar mi sueño. Hoy en día me gano muy bien la vida haciendo lo que más me gusta y parte de esta felicidad se la debo a ese hombre.

Por este motivo, cuando me enteré de la noticia, el mundo se derrumbó bajo mis pies. Los titulares hablaban de abusos, de pederastia, de tocamientos, de violación, de coacciones y de otras cosas terribles. El míster, el hombre que había sido mi mentor y pieza clave en mi carrera, había sido detenido acusado de forzar a, al menos, dos chicos que estaban bajo su cuidado.

Caí en estado de shock y comencé a negarme a mí mismo lo que parecía más que evidente. Todos aquellos arrumacos, abrazos, palmadas, gestos de complicidad, masajes… todos sus gestos. Había estado ciego y me habían devuelto la vista de golpe y porrazo, deslumbrándome, cegándome nuevamente con la luz. Acusé el porrazo y mi rendimiento empezó a disminuir.

Pero eso no fue lo peor. La prensa rastreó con olfato de hiena la carroña informativa. Era una noticia morbosa, jugosa para un buen plato de amarillismo servido con ración de cebos de música escalofriante y testimonios con voz modificada y rostro desenfocado. Pronto, en cuanto se supo que había sido mi entrenador, empezaron a sobrevolar mi presencia como buitres dispuestos a darse un buen atracón.

Durante semanas tuve que esquivar periodistas y preguntas comprometidas. Mi concentración y mis rutinas fueron quebradas de golpe y porrazo, por lo que sufrí un sinfín de lesiones y ausencias injustificables, cuestiones que avivaban aún más las brasas de esta tortura. Todo el mundo hacía conjeturas sobre mi estado de salud y mi condición mental.

Entonces llegaron los titulares que hablaban de mí como un niño sin infancia del que habían abusado y cuyos padres habían transformado en una máquina de hacer dinero. Mi familia, hasta el momento un ejemplo de felicidad, se había visto inmersa en un escándalo de la noche a la mañana. Acusaban a mi padre de quedarse con mi dinero, a mi madre de mirar para otro lado y a mi hermano de vivir a mi sombra sin tener dónde caer muerto. En las tertulias deportivas especulaban con cada detalle de mi vida y le daban la vuelta para convertirlo en un siniestro punto de mi «destrozada niñez».

«Sólo es un deporte», recordaba. Esas palabras que el míster, un viejo verde que se aprovechaba de los niños, me había dicho alguna vez. Asco, me sobrevenía un asco infinito. Me sentía sucio por haberme dejado guiar por semejante monstruo, arrastrar por la marea de mierda que excretaban los medios de comunicación e impotente por no poder proteger a mi familia.

Me apartaron temporalmente de la disciplina del equipo y mi equipo buscó un grupo de especialistas y psicólogos para tutelarme en este periodo. Intenté apartar a mi familia de los medios y centrarme en el día a día para volver a los terrenos de juego.

Todo iba mejorando lentamente, mi confianza se iba fortaleciendo y mi estado de forma estaba restablecido. Los medios comenzaban a ignorarme y, por fin, mi familia respiraba aliviada. Sentía que era el momento de volver a jugar, de volver a ser un jugador de fútbol, cuando recibí aquella carta en la que me citaban para declarar en el juicio contra el míster.

A esa carta le siguieron otras tantas llamadas, y a esas llamadas un nuevo torrente informativo. Me encontraba en el ojo del huracán de nuevo. Abrumado por las circunstancias, pospuse mi retorno. Mi nombre giraba en todas las rotativas y se iluminaba en cada portal de internet relacionado con el míster. Destrozado, recordaba escenas de mi pubertad en la que cada gesto del míster resultaba sospechoso, indecente, obsceno.

Entre todas las llamadas que estaba recibiendo en aquellos días, hubo una, en cierto modo, liberadora. Un buen amigo y compañero me llamó a última hora de una fría tarde para decirme que habían encontrado al míster muerto. Al parecer, se había suicidado en la prisión en la que se encontraba de forma preventiva a la espera de juicio. Es duro confesarlo, puesto que era una vida truncada, pero sentí alivio y algo parecido al regocijo. Había acumulado tanto desprecio, tanto hastío hacia el míster, tanto rencor, que me pareció que la muerte era una condena justa, un final que me hacía entrever todo el sufrimiento y la desesperación que hubo de pasar entre barrotes. Vergüenza, vejación, martirio, remordimiento, odio. Era un hombre enfermo y para mí había encontrado el remedio a todos su males y, de paso, aliviado la carga de muchos niños que, como yo, habían tenido que soportar sus malsanas lascivias.

De vuelta a mi vida, que era el fútbol, encontré la paz necesaria para seguir hacia adelante. El equilibrio del que había disfrutado antes de este trastorno se recompuso y mi carrera siguió su progresión cargada de éxitos y alegrías. Me casé y formé mi propia familia, sintiéndome orgulloso y agradecido por toda esa felicidad que la vida me ofrecía en una bandeja de plata.

Años después, cuando empiezo a sopesar mi retirada, enciendo el televisor como cada día esperando encontrar alguna interesante noticia deportiva. En la pantalla veo la imagen del míster en fotos antiguas, a su lado mi cuerpo infantil con un gran trofeo en las manos y una enorme sonrisa. La sobreimpresión que acompaña a las imágenes lo dice todo: «Se descubre que las denuncias eran falsas».