Aquella noche en la playa miró al cielo. Se encontraba boca arriba tumbada en la arena aún tibia de la caricia del soleado día. En el negro lienzo, las estrellas asomaban tímidas entre los millones de años luz y la contaminación lumínica, a pesar de estar completamente despejado. La luna estaba en fase creciente o, quizá, decreciente, no podía asegurarlo con franqueza, pero lo que si parecía evidente era que su piel de queso fresco aparecía mordida por la oscuridad. No obstante, el mar, calmado y susurrante, se apropiaba de los plateados destellos del firmamento, jugando a pintar el universo en su sábana líquida con la ayuda de los dedos de la brisa.
Sumida en la quietud contemplativa, se dejó llevar por la magia del momento, degustándolo como un embriagador vino. Así pasó unos minutos, los cuales podrían haber sido eternos, en los que reinterpretó en la pizarra del firmamento cada una de las constelaciones según su propio criterio.
De repente, cuando la paz parecía ser más absoluta, una poderosa luz cruzó el espacio del cielo, dejando tras de sí una estela luminosa que asemejaba al rastro de una gota de agua resbalando por la superficie pulida del cristal de una ventana.
—Pero qué cojones… —masculló entre dientes.
Tomando conciencia de que podría ser una estrella fugaz, se apresuró a pedir un deseo que se reservó para sí misma «por si acaso». No era cuestión, como bien todos sabían, de arruinar las posibilidades de éxito de su íntima petición por ir proclamándolo a los cuatro vientos.
Sin embargo, el fulgente objeto volador, lejos de apagarse en la negrura de la noche, se hizo más y más grande sobre su cabeza. Adivinando una trayectoria descendente del mismo, se reincorporó rápidamente para seguirlo con la mirada. Aquella estrella estaba, por lo que pudo calcular, a punto de impactar contra la ciudad que ella había tenido todo ese tiempo a su espalda.
En ese momento, millones de funestos pensamientos recorrieron de forma aciaga su mente. Pensó, por la lógica del momento, en que iba a morir abrasada por las llamas generadas por el inminente impacto. Su vida, hasta ese momento calificada por ella misma como aburrida, pasó ante sus ojos desde su nacimiento hasta el momento presente acompañada de un dolor en el pecho que le recordaba que, pese a todo, su existencia aún era vívida.
La estrella o meteorito, finalmente, cayó sobre la ciudad. No produjo ningún ruido apreciable, ni tan siquiera se sintió el impacto a modo de vibración de la tierra. Lo único que ella pudo ver fue una explosión de luz que, al principio, parecía el flash de una fotografía en mitad de la más absoluta oscuridad y luego fue mutando hasta convertirse en el brillo anaranjado de las llamas de un incendio.
Aquella lengua de fuego se precipitó hacia donde ella se encontraba, cegándole por completo. Temiendo lo inevitable, colocó los brazos a modo de escudo ante su cara desencajada por el miedo.
Luz, fuego, calor. Envuelta por este fenómeno, no sintió nada de nada.
Esta quemadura es como el veneno del aguijón de un escorpión. Un rápido movimiento y se clava en la piel, paralizando los miembros y, al mismo tiempo, despertando los otros sentidos. La mente fundida por esa fiebre que recorre cada una de las células, la matriz de la existencia misma. El oxígeno arde y las arterias transportan la energía que activa la sinapsis.
Una pantalla se colma de visiones fantasmales que se extienden en todas direcciones con impulsos electromagnéticos que secuestran brújulas y compases. La quemazón no se siente, pero, de alguna forma, se encuentra presente y lame el cuerpo esculpido a fuego.
Contra el yunque, todo toma forma violentamente. A golpes de calor a cada latido que genera chispazos que vienen a unirse a las ascuas desparramadas por todo el firmamento. A renglón seguido, como buenos escribas, grabándose en la piel en un tatuaje que se convierte en infinita marca de vida.
Una tormenta eléctrica que da paso al chillido del vapor de una locomotora. Carbón que alimenta y transporta, que deja el rastro de una nube pasajera de bochorno y deshiela todas las polaridades posibles de un mismo recuerdo, de una historia aún por escribir o de un pensamiento sin fraguar. A lo lejos, el crepitar de las brasas y los saltos sobre la hoguera. En una júa eterna, se queman todas las fantasías del mañana, las cuales se tuestan al amanecer y se achicharran al caer la noche.
No hay grado posible para calificar esto, ni termómetro que no estalle al acercarse. No se encuentra escala creada por la que se pueda escapar trepando, ni esclusa que se pueda abrir para aliviar la presión. No existe traje ignífugo que al vestir proteja, ni extintor que acabe con ello de un barrido.
¿Qué hacer entonces? ¿Cómo sobrevivir a ello sin quemarse como un pelele sin remedio?
Dejad, por favor, que todo arda, que todo se termine calcinando y se convierta en ceniza. Pavesa que será arrastrada por el viento y respirada por el mundo en una inspiración eterna.
Dejad, por favor, que corra como el magma y atreviese el mundo dejando la huella ardiente de la sangre que hierve en el núcleo mismo de nuestro planeta. Lava que será esculpida por la lluvia y reverdecida por el polen que arrastran miles de millones de insectos.
Dejad, por favor, que se sublime de sólido a gaseoso y acabe siendo volátil e incandescente. Vapor que ha de volar en compañía de las nubes y caer sobre el mundo como una lluvia ácida que abrasa todas las emociones.
Dejad, por favor, dejad arder.
«El pensamiento sale del fuego»1, se dijo; es por ello que busca en la noche —aunque esta sea muy oscura— aquella fugaz estrella que ilumine como una llamarada su camino.
Texto e imagen de Ismael Minguet.
Nota de Arthur Cravan. ??