Salió de casa empuñando una sonrisa. Se detuvo por unos instantes a comprobar su aspecto en el gran espejo que dominaba la parte interior del portal del edificio donde vivía. Se colocó bien el sombrero que había conseguido en alguna feria, dejando caer los rebeldes rizos sobre sus morenos hombros, sacó busto, metió barriguita y volvió a asegurarse de ir bien armada con una expresión risueña. Traspasó el umbral de la puerta con un golpe de caderas que bañó su fresco cuerpo de sol y un extraño silencio.

Verano, sobremesa y allá por el sur la playa. Lejos, tan lejos que sus torneadas piernas no la pueden alcanzar. Pasos entre bruma silenciosa de enclenque consistencia en ardiente pavimento. Cristales de sudor que atraviesan en torrente una maltratada epidermis que enrojece ante la mirada severa de un Lorenzo implacable. Bucles apelmazados bajo un forjado mimbre. Gafas de sol vs. gafas de buceo vs. Dark Vadder. Que la fuerza, querida, te acompañe.

Cruzó a tientas, cegada por la claridad infernal de un celestial firmamento, la calle. El río de lava entre dos fritangas se perdía velado por los edificios. Sí, edificios = sombra. SOMBRA. La tenue sombra asombrada de cuarenta y cinco grados bajo su cobijo. Récord radiado y televisado, mediatizado. Abrir la ventana y comprobar. HOY VA A HACER CALOR. El hombre del tiempo lo confirma con una sonrisa contra un croma verde blandiblú y el aire acondicionado industrial consumiendo recursos energéticos no limpios, como este sol de justicia que derrite placas como derrite su cargada sonrisa.

El alien de su interior se rebela. Agobiante sensación que con abrazo de oso le obliga a plantarse cara al sucio muro enterrado en carteles de eventos ya pasados de un solar abierto a la parrilla. Con todos los miembros extendidos formando un X, sufre cacheada por la insolación del momento. No sombrero, no. Volatilizado en llamas, humo asciende atrapado en una corriente de terral.

Crucificada contra la superficie acartonada, comienza a sentir un olor familiar que le obliga a salivar y pensar en pan recién horneado. Un sonido efervescente atenaza el momento y el sudor se torna grasiento y chisposo. Inmóvil contra el paredón, toma conciencia de lo que está ocurriendo. Cambio, transición, freír. Poco a poco ir perdiendo la solidez en favor de una dilatada confluencia de fluidos aceitosos. Susurro de la piel que va dando paso a una transparente pátina que, a su vez, va adquiriendo de nuevo la consistencia nacarada al calor de la tarde.

Alrededor todo parece diluirse, perderse en una sombra luminosa que sobrepasa el sofoco mismo. Ahora todo se concentra en el centro, girando y girando, hacia el dorado que domina el día y ama furtivamente la noche. Punto en el que confluye toda la esencia, el ansia de querer mojar y mojar hasta saciar el paladar. Apetito que, sorprendido por un aroma, chisporrotea en los labios y muy al fondo de tu ser.

Es huevo frito. Ella es un huevo frito en mitad de la ciudad. Un enorme cigoto roto y estrujado contra el hormigón que va cuajando lentamente hasta conformar una invitación de paladeo y regocijo.