Iba por una carretera solitaria conduciendo. El sol se encontraba cayendo perezoso por el horizonte y creaba reflejos dorados por todas partes, hasta en el asfalto, por lo que recordé aquello de las baldosas amarillas, aunque parecía más una especie de lago oléico por el que el automóvil se deslizaba casi sin que yo operase los mandos. Era un camino aburrido, sin serpenteo, sólo una recta dorada que cortaba en dos un paisaje que parecía de cartón piedra. En cierto modo, todo se encontraba estático, incluso mi propio vehículo parecía detenido, suspendido en el tiempo contra natura, sin índice de rozamiento siquiera.

En esta quietud, en ausencia de vibración o sonido más allá del ténue zumbido del motor, caí presa del sueño. Lo siguiente que recuerdo es una suave sacudida producto del impacto del coche en una valla metálica al pie de la cuneta a una velocidad irrisoria. Al quedarme dormido, el automóvil había continuado por inercia, calándose y perdiendo velocidad hasta llegar a una ligerísima curva, salir de asfalto, recorrer un par de metros de agrietada tierra resaca y ser frenado definitivamente al contacto de la cerca.

Salí por la puerta del piloto desconcertado. Me aproximé a la parte delantera del vehículo para comprobar que los daños habían sido menores, tan sólo algunas marcas en la pintura. Exclamé alguna seca interjección de alivio. Entonces escuché una risa a mis espaldas. Me volví y, apoyada en uno de los postes de la valla con una pose chulesca, estaba ella.

—Eres la cuarta persona que acaba en la cerca esta semana —dijo entre risas—. Va camino de récord.

Descolocado, tardé en reaccionar unos segundos hasta alcanzar a decir:

—¡Lástima! ¡Me hubiese gustado ser el primero!

—Me temo que no, vaquero, a esta yegua ya la ha montado semental —añadió poniendo acento tejano.

Ignorándola, abrí rápidamente la puerta y me introduje en el habitáculo dispuesto a marcharme de allí como si no hubiese pasado nada. Pero cuando estaba a punto de poner en marcha el motor, ella dio unos toquecitos en el cristal del conductor haciendo gestos para llamar mi atención sobre algo. Rápidamente, bajé la ventanilla.

—¿Qué? —le arrojé a la cara con impaciencia.

—Vaquero, tu caballo tiene un problema con una de las herraduras.

Señaló la rueda delantera izquierda. Saqué la cabeza por la ventanilla y la miré. Había sufrido un reventón de los gordos. Desanimado, bajé de nuevo del coche y caminé por la tierra hasta situarme ante el maltero. Tomé aire con cierta desgana y por un segundo escuché el sonido envolvente de los grillos cantando a una noche que acababa de nacer. Nunca había sufrido un pinchazo antes, luego no tenía ni la más remota idea de cómo hacerlo. Auguraba que podría ser una noche muy larga.

Finalmente, abrí el maletero y comencé a sacar cosas buscando la rueda de repuesto. Había acumulado tantas cosas que tardé varios minutos en vaciarlo. Ella me contemplaba risueña apoyada con una mano en el lateralde mi coche. Permanecía atenta, pero callada, casi expectante. Terminé de sacarlo todo y me quedé un instante mirando el fondo del maletero confuso.

—Está debajo —rompió su silencio.

—¿Cómo? —pregunté atontado.

—La rueda de repuesto está debajo.

—¡Debajo del fondo! —me apartó sin consideración y comenzó a mover el compartimento hasta liberar un espacio en el que escondía la rueda y las herramientas—. Ves, aquí debajo. ¿Es que nunca has hecho antes? —me interrogó mirándome con extrañeza.

Leyó en mi cara mi vergüenza. Tomó aire profundamente y lo soltó con violencia.

—Bueno, no te preocupes, ya lo hago yo —terminó por decir al verme tan silencioso.

Sacó la rueda y las herramientas. Me sonrió y se puso manos a la obra tarareando una cancioncilla entredientes. Quedé petrificado sin saber lo que hacer o cómo ayudar. Me desconcertaba esa chica que actuaba con total naturalidad y ayudaba a un desconocido sin pudor ni complejo. Miraba tontamente como ella maniobraba con todos los utensilios, su cuerpo menudo, fibroso y moreno cogiendo la rueda pinchada y colocando la de respuesto, y comencé a calentarme. Seguía el ritmo de su respiración en su pecho, contemplaba la caída de su cabello hacia el final de su espalda,  admiraba sus muslos en tensión al descubierto gracias a unos pequeños shorts y sentía mi sangre hirviendo y el deseo mordiendo en mi entrepierna.

Ella terminó de ajustar la rueda, se levantó de un salto y dijo palmeándose las manos manchadas:

—Esto ya está, vaquero, ya tienes a tu caballo ensillado y listo.

Me guiñó un ojo y yo no me pude contener. La cogí de los hombros y dije:

—Tú eres la yegua que quiero montar.

En cualquier otra circunstancia ese comentario, junto con el hecho de tenerla aferrada, sería un claro ejemplo de acoso y se convertiría en una muy violenta situación, pero, contra todo mi en ese momento eclipsado raciocinio, ella pareció enloquecer de lujuría ante aquellas palabras y se colgó de mí con pasión desbocada haciéndome caer a tierra. Fue allí, en el suelo, donde la poseí sin contemplaciones, embistiendo sin mesura al mismo tiempo que dejaba escapar un grito gutural a cada vez. Lo recuerdo sin romanticismo, como una película porno, perdiéndome en su interior de forma salvaje y descontrolada. La monté de muchas maneras y ella cabalgó sobre mí con nervio de jockey, utilizando sus diminutas manos a modo de fusta e hincando las uñas como espuelas en mi espalda y mis costados.

Cada uno se vació en el otro derribando las fronteras de nuestros cuerpos, más allá de los desbordados sentidos y de sentimientos o de preocupaciones. Caímos exhaustos en la granosa tierra con las estrellas y los grillos como únicos testigos de la pasión que habíamos compartido.

—Vaya rodeo, vaquero —comentó en la oscuridad con ese odioso acento tejano.

—Seguro que esto no había pasado en esta valla antes —añadí sonriendo regocijándome interiormente por mi nueva hazaña sexual.

—Vaquero, esta semana… —me enseñó dos dedos.

Me volví hacia ella mirándola con los ojos como platos.

—Bueno… —dudó, me sentí aliviado creyendo que bromeaba—. Si contamos a la chica que acabó ayer aquí…

Con una enorme sonrisa lujuriosa, me enseñó tres dedos.

—¿Tenemos récord? —alcancé a decir incrédulo.

Pude sentir como sacudía la cabeza de un lado al otro entre las sombras.