Porque si hubiera sabido latín a los dieciocho años, sería emperador1 y lo habría conquistado todo sin ninguna contemplación. Sin embargo, elegí el boxeo y la crápula, luego acabé, irremediablemente, enamorado de la poesía. Esas han sido mis conquistas. Como bien se dice: «Al César lo que es del César». Y yo soy más que un César.

Quería luchar como lo hacían aquellos esclavos en el circo, sin importar que pudiesen ser capaces de hablar en latín. Luego llegaría a ser aquel que derrocase al emperador y a todo tirano que se me pusiese por delante tan solo con mis puños. También quería recitar mis versos. Era una necesidad resolver mi destino entre mis nudillos y mis palabras.

Y es que ciertamente hay poesía en arremeter contra el mundo a puñetazos y contener sus embestidas de vuelta tratando en todo momento de no bajar la guardia y encajar lo mejor posible los golpes. Es por eso que confieso, confieso que hay mucho placer en todo eso. Placer y dolor, un dolor que te penetra hasta el alma, hasta el fondo de tu ser y, a su vez, hace que te retuerzas de placer. Algo así como el más puro placer imaginable: el placer de estar vivo.

Ante la vida, cuerpo contra cuerpo, una vida contra otra. Desnudos y sudorosos, danzando una jaca que va más allá de la intimidación. Los músculos tensos, en disposición de ser apaleados por los golpes de la vida, por la poesía de la vida. Versos que reparten hostias, hostias que son como versos. Todo rimando entre sí en una armonía sinfónica que trasciende más allá nuestra materia.

Llega el momento de esquivar y bailar, zumbar alrededor de aquella figura hermana, concebida de forma idéntica y formada de la misma esencia de la que está hecho mi propio cuerpo. Pararse ante ella con la firme resolución de repartir y recibir sopapos de los buenos a partes iguales hasta acabar recitando en latín, griego y hasta en sánscrito.

Mi primer combate fue un recital y de allí salí llorando, inspirando con dificultad novel las primeras bocanadas del aire que me alimenta. Ahora, parado ante una figura cuya cabeza no me llega siquiera a la altura del pecho, recito con mis puños y golpeo con mis versos. Versos que son dolor y golpes que son placer, como la vida misma.

  1. Nota original (cursiva) de Arthur Cravan ??

 

Texto e imagen de Ismael Minguet