Cada familia es un mundo, un pequeño microcosmos en el que se tejen unas extrañas relaciones de parentesco que en ocasiones rozan el absurdo. Las familias, además, tienen su propia idiosincrasia, costumbres y formas de comportarse que sólo entienden o, mejor dicho, asimilan los propios miembros. Casi de forma natural, el individuo acepta su rol, se implica en él y lo representa. El personaje dentro de la red familiar te va atrapando e, implícitamente, caracterizando; al igual que una posesión que te empuja a determinado comportamiento, no siempre adecuado, por supuesto.

Mi familia, como podría decir cualquier otra persona, es muy particular. Extendida en pocas ramificaciones a lo largo del tiempo, de cimientos humildes, pero sólidos y bien asentados en la pequeña ciudad en la que vivimos podría pasar como una unidad familiar normal. Sin embargo, tenemos nuestras cosas…

Os voy a hablar de mi prima Pili ‘la pija’. Ella y yo crecimos en paralelo, viviendo en el mismo barrio y yendo al mismo colegio e instituto, pero, mientras asumía mi destino de clase obrera en el que se había desarrollado mi infancia y adolescencia, ella, por otro lado, crecía con un halo de princesita que rayaba completamente en la extravagancia y que hacía chirriar los supuestos de la lucha de clases.

Mi tío Paco, el padre de la criatura, era taxista. Bueno, no era taxista, era el taxista. Si alguna vez tienes que describir a un taxista, estoy seguro que lo que te vendrá a la mente será algo similar a la imagen de El Fary o la de mi tío. Es más, a mi tío sólo le hacía falta comer limones para parecerse a su gran ídolo, El Fary, porque cantar, también cantaba. Aún recuerdo los berridos de mi tío Paco en cada reunión familiar. Gorgoritos de faz enrojecida y acalorada que marcaron nuestra más tierna infancia.

Mi tío Paco, Paco ‘el del taxi’ le decían en el barrio, era español, muy español. Tan español como la sangría, la envidia o la siesta. Quería tanto a su patria que en su jura de bandera no besó la bandera, la morreó marcando los tiempos al ritmo de Bésame mucho —yo siempre le recordaba que esa canción era de una mexicana para hacerle rabiar—. Amaba tanto a su nación que se hizo taxista y, según sus propias palabras, «hombre de bien». Adoraba tanto a su país que le puso de nombre a su primera y única hija María del Pilar, «como la patrona de la Guardia Civil», le gustaba decir enfatizando el nombre del cuerpo armado. Paco, el bueno del tío Paco, ‘el del taxi’, murió hace unos meses como había vivido: amando a España. Le dio un ataque al corazón mientras se encontraba viendo un programa de Intereconomía en la televisión. Al parecer, le rompió el corazón contemplar la decadencia espiritual de esta gran nación. Días después descubrimos que el tío Paco llevaba una doble vida. Era conocido en ciertos ambientes como ‘la bigotes’.

Así era el padre de Pili. Se podría decir que fue un bohemio a su manera, puede que, también, algo trasnochado. Lo que no se le puede reprochar es que sentía devoción por su hija. Desde su nacimiento, el tío Paco se volcó en ella. A la niña no le faltó de nada y se la cubrió de todo tipo de lujos y caprichos. Fue, de esta forma, como de pequeños nosotros, los primos, empezamos a notar las diferencias.

Al mismo tiempo que mi padre se mataba picando escombros para dar de comer a sus tres churumbeles —yo soy el mediano de tres hermanos—, por contra, mi prima vivía en una burbuja en mitad de las penurias de un barrio que caía rápidamente en decadencia. Pili disfrutó de los mejores vestidos, los muñecas más anheladas y todas las chuches que un niño podía desear. Nosotros correteábamos sucios y con ropa heredada por la plazuela del barrio, a su vez, Pili andaba con una majestuosidad impropia para su edad, impoluta y estrenando vestuario.

Éramos familia, éramos vecinos, nos veíamos todos los días en el cole e, incluso, comíamos en el mismo comedor, pero Pili nunca jugaba con nosotros. A pesar de que a veces comíamos codo con codo, yo la veía como desde lejos, desde una ventana hacia otro mundo. Pili a mi lado, aunque en la distancia, grácil e inmaculada. Bucles dorados y enormes ojos miel que no reparaban en mí, su propio primo. En ocasiones, me sorprendía a mí mismo extasiado observándola, registrando cada movimiento infantil, cada expresión en su angelical rostro.

Años después, cuando íbamos al instituto, coincidimos en la misma clase. Yo con el rostro sembrado de granos y pelusilla, voz incómoda y el cuerpo contrahecho camino de hombre, ella con cutis terso y limpio, voz madura y curvas fatales de mujer. Por las noches, tumbado en la cama y escudado entre las sábanas daba rienda suelta a mi pasión: ella. Al terminar de masturbarme, me asaltaba la culpa. Ella era mi prima.

Por aquel entonces, entre los componentes de nuestro lado de familia, empezamos a nombrarla como la prima Pili ‘la pija’, con mucho cuidado de que mi tío Paco ‘el del taxi’ no nos escuchara. A ojos de mi madre, por ejemplo, ella sencillamente era una princesita, nosotros, en cambio, éramos unos patanes «como vuestro padre». Cada vez que escuchaba algo sobre ‘la pija’, algo se revolvía dentro de mí y, al igual que un resorte, saltaba para localizar el origen de esas palabras, muy atento a todo lo que se comentase sobre ella. Comenzó a ser una terrible obsesión y mi más oscuro secreto. Mi deseo hacia ella iba creciendo, al tiempo que comenzaba a conocer el significado de palabras como incesto, aberración, lujuria o sacrilegio.

Me sentía tan mal, me apremiaba tanto la culpa, que dejé de ir a la iglesia. En la catequesis para la confirmación nos hablaban de pureza, de mantener nuestras almas y corazones limpios de pecado, pero yo me sentía sucio. La carne me llamaba y al anochecer me dejaba atrapar por mi deseo onanista siempre con la imagen de mi prima ‘la pija’ en mente. Esto me maltrataba, me subyugaba hasta tal punto de que tenía miedo de la confesión, de plantarme ante el sacerdote, el cual siempre insistía en «los pecados de la carne», y contar lo que me estaba pasando. Pronto empecé a tener pesadillas de fuegos eternos en los que mi carne pecadora ardía sin remisión ante los ojos de un tío Paco enrojecido con patas de cabrito, rabo terminado en punta de flecha, cuernos que sobresalían de un tricornio y un tridente en la mano. Sátiro se había apropiado de mi alma y con su pene eternamente erecto sodomizaba mi ser.

Los años pasaron arrastrando a patadas esta culpabilidad que se fue haciendo poco a poco más tolerable. Mi prima se había convertido en una hermosa mujer a mi lado en clase, pero sin estar cerca. Separados por algo más que este pecado y las convenciones sociales. Separados por nuestra propia condición social. Uno pobre de zapatillas desgastadas y heredados pantalones vaqueros condecorados con desgarrones y agujeros, una de ropa cara a la última y sentada en la primera fila de bancos de la iglesia. La sobreprotección de mi tío chocaba con el necesario pragmatismo de mi padre. En cuanto tuve «la edad», comencé a «ayudar» a mi padre en los trabajos de albañilería. Me maté desfogando mis impulsos en la obra para poder costearme una plaza en la universidad.

Entonces, al terminar el instituto, nuestras vidas dejaron de ser paralelas. Aquel verano, no obstante, la familia decidió en bloque reunirse un día en la playa. La imagen de mi prima ataviada con un espectacular bikini blanco poseería de ahí en adelante todos mis orgasmos. Perdí la virginidad con este recuerdo e, invariablemente, sólo pude culminar cada relación con esta instantánea.

Comencé la universidad y continué «ayudando» a mi padre. Los estudios iban bien, no me faltaba trabajo y había conocido en las clases a una chica que, en poco tiempo, se convertiría en mi novia. Por otro lado, mi barrio estaba entrando en una peligrosa espiral de decadencia y, en la crisis que sacudió al país tras la Exposición Universal y los Juegos Olímpicos, muchos cabezas de familia se encontraron en el paro. La pobreza, la marginalidad y una dura plaga de drogadicción y alcoholismo sacudió el vecindario como un terremoto y, también, mi conciencia social. Frecuentaba okupaciones, comunas y organizaciones obreras que estaban germinando al amparo de la solidaridad y de la lucha frente a una crisis generada por una clase política corrupta y sometida a los dictados del Tratado de Maastricht. Éramos Europa, pero no vivíamos como en el resto de Europa.

En las cada vez más distantes reuniones familiares, mi tío Paco ‘el del taxi’ comenzó a llamarme ‘el rojo’ y me buscaba siempre para «hablar de política» que era su eufemismo para designar la acción de dirigir descalificaciones continuamente hacia una persona en un tono vehemente, sin escuchar ni respetar los argumentos de la otra persona. Algo faltaba en estos aquelarres de viejos brujos —que eran los hermanos de mi padre y se empeñaban en encantarnos con pócimas que llamaban coktails—, algo que inconscientemente buscaba con miradas ansiosas. Del brazo de mi novia, buscaba a mi prima Pili ‘la pija’.

Pili estaba en Europa. Es decir, se encontraba viajando por Europa. Se había tomado «un año sabático para explorar nuevos horizontes», explicó mi tío Paco dejando a entrever que no entendía muy bien qué significaba sabático y, mucho menos, qué mierda quería decir con eso de explorar nuevos horizontes. Sin embargo, la niña quería eso y él se lo había regalado, aunque le obligaba a hacer «más kilómetros en taxi que Willy Fog», según sus propias palabras.

Aquel momento fue difícil para mí. La culpa volvió para quedarse dentro de mi confuso corazón. Me mudé a un pisito en otro barrio con mi novia esperanzado en olvidar, avanzamos en nuestra relación, pero yo no la quería. Yo amaba a mi prima Pili ‘la pija’. Volvieron las pesadillas, volví a experimentar ese ahogo de la adolescencia. Me sentía, de nuevo, con el imberbe rostro jalonado de granos, cicatrices que se clavaban en lo más hondo de mi ser. Mi tío era Freddy Krueger y evisceraba con sus cuchillas cada uno de mis sueños, a veces vestido de cura, otras veces de sátiro y otras muchas de demonio.

Yo trataba de olvidar, de ocultar, de mantener mi obsesión alejada de mí. No hubo manera, me atrapó sin remedio y me convirtió en un ser huidizo, nervioso y plagado de remordimientos. Obviamente, esto afectó a mi relación. Mi novia comenzó a preocuparse al verme taciturno y carente de deseo sexual —mi culpa había anegado hasta tal punto mi deseo que ni siquiera la recurrente imagen de mi prima alteraba mi libido—. Ella insistía y yo callaba, me lo guardaba para mí, siempre aludiendo al trabajo, a la crisis, a los nervios. Casi un año pasé en este estado hasta explotar.

Finalmente, confesé, pero no confesé del todo. Le dije que había otra, otra que había estado antes que ella, otra que no había podido olvidar, otra que era la dueña de mi corazón, de mi deseo y de mi placer, otra que no era ella, por supuesto. Fue violento, fue duro, fue traumático, fue liberador. Mi confesión a medias había desprendido la carga. Me mudé de nuevo a casa de mis padres, al barrio, sin culpa y con sueños. Todo se restableció y volqué mi energía en la lucha, en hacer de este mundo un lugar mejor.

Ayudé en comedores sociales, participé en campañas de lucha contra la droga, me comprometí con la causa del desfavorecido y trabajé sin pedir nada a cambio. Convencí a mi padre para colaborar en la reconstrucción y ampliación de la vieja iglesia del barrio, a pesar de que no la había pisado en años. Entré en ella invadido por una extraña sensación de paz que me hizo ignorar las miradas acusadoras de las imágenes y reafirmar mi convicción en cambiar las cosas. Trabajé duro y conseguí, por una vez en mi vida, sentirme pleno, satisfecho de mí mismo.

Consciente de la importancia de la iglesia como lugar de encuentro y eje social del barrio, cuando terminamos las obras propuse realizar una fiesta. Preparamos los nuevos departamentos destinados a ayudar a la comunidad con adornos e instalamos un potente equipo de sonido, cuyo dueño cedió gratuitamente para el festejo. Contacté con algunos de mis antiguos compañeros de las okupas y comunas que tenían bandas de música o realizaban algún tipo de espectáculo para animar a los chicos del barrio a que asistieran. Algunos se negaron en colaborar con una institución que tachaban de arcaica, otros, por contra, nos echaron una mano carente de prejuicios. Me sentía feliz y quería compartir esa felicidad con los míos.

Llegó el día de la fiesta y me sorprendí gratamente de la gran acogida que había tenido. Niños, jóvenes y adultos compartían un mismo espacio entre música, malabares, payasos y buena atmósfera. La barra solidaria con comida y bebida que instalamos no paraba. Tras ella me encontraba cuando apareció mi prima Pili ‘la pija’ acompañada de su orgulloso padre, mi tío Paco ‘el del taxi’. Me dio un vuelco el corazón. Ella estaba frente a mí igual de hermosa que siempre, salvo por —¡no me lo podía creer!— unas rastas que hacían un moño alto, dejando, de esta manera, un bronceado y majestuoso cuello de cisne rodeado de varios collares de abalorios. Su desvencijado top suelto, su falda larga de mil colores y sus sandalias marrones me hicieron dudar un instante si me había equivocado de persona, pero sus grandes ojos color miel se cruzaron con mi mirada y autentificaron con una brillante rubrica su persona.

Esa fracción casi imperceptible de tiempo le había servido a mi tío Paco para situarse en la barra y llamarme con gestos histriónicos.

—¡Eh, rojo! ¡Mi sobrino comunista preferido! —me dijo riéndose—. ¿Qué has hecho con la Casa de Dios, chiquillo? ¡La has llenado de rojeras como tú!

Me acerqué a él con una sonrisa, le di un abrazo y le pregunté qué quería.

—Un Soberano para mí y para la radical de mi hija lo que te pida —me espetó—. ¡Has visto que pintas que me lleva la niña! ¿Qué he hecho yo para merecer esto?

Alguien a su espalda comentó:

—Son los tiempos, Paco, España ya no es lo que era.

Mi prima se había situado en la barra frente a mí y reía divertida con los comentarios. Su sonrisa era como un claro de luna, brillante e inaprensible.

—¡Vaya, primo, menudo guateque que has montado! —exclamó—. ¡Has sacudido de carcas como mi padre la Casa de Dios!

Se volvió hacia su padre y le dio varias palmadas en la espalda susurrándole chascarrillos y bromas al oído.

—Vaya guasa que se trae la hippie —sentenció mi tío entre risas.

Mantuve el tipo como pude. Ella se encontraba allí, era real. Por un instante, me había creído en una especie de nube, de sueño transitorio que se desvanece al igual que el vapor del aliento en los días fríos del invierno. De nuevo, volvió a hablarme.

—Ponme una cervecita, por favor, primo —sonrió señalando a su padre—. No le hagas caso a este fachilla.

Le puse la cerveza y salí corriendo de la barra. Necesitaba aire, me ahogaba allí, ante su belleza, ante su presencia, rendido a su sonrisa. Tras de mí dejé la fiesta y me senté en el callejón. Sin embargo, conmigo salieron todos mis miedos, todas mis cargas. Respiré hondo. Volví a respirar hondo. No funcionó. La culpabilidad reaparecía para acecharme. Mentalmente, me repetía una y otra vez: «es tu prima».

Cerré los ojos unos instantes y escuché pasos que se dirigían hacia donde me encontraba. Inmediatamente, abrí los ojos. En mi campo de visión apareció Pili con su sonrisa. Parpadeé creyendo que era un espejismo. Ella continuaba caminando hacia mí con su sonrisa. Me levanté antes de que llegase a mi altura.

—¡Hey! ¿Te pasa algo? —me dijo.

—No… —carraspeé—. No, nada. Necesitaba un poco de aire. Nada más —alcancé a decir—. Llevo todo el día currando sin parar.

—Bien, te quiero dar un poco de mi aire —se acercó a mí y me besó sin mediar más.

Se me erizó cada vello de mi piel como si me hubiese penetrado una corriente eléctrica. Mi corazón se disparó y con él mi deseo. No me dio aire, me dio vida, concretamente, sueño hecho vida, realidad soñada, algo por lo que vivir. Tras el beso, me sonrió, pero no con su fresca sonrisa de claro de luna, sino con sus grandes ojos color miel. Se separó de mí dulcemente y volvió hacia los nuevos salones parroquiales, a mi fiesta, pero que ya no era mi fiesta, más bien, nuestra fiesta.

Perseguí su estela de cometa. Entré de nuevo en las dependencias que yo mismo había ayudado a construir, aunque desde otro ángulo, siguiéndome a mí mismo con la mirada, desde dentro hacia afuera y de fuera hacia dentro. Picassiana perspectiva para daliniano encuentro. La noche pasó a cámara rápida y desde otro plano, satélite de mi existencia.

Cuando todo terminó, quedamos unos pocos para recoger y cerrar. Me encontraba exhausto, un cansancio que podría definir como existencial se abrazó a mí de tal manera que mis movimientos se convirtieron más rápidos que mis propios pensamientos, los cuales sufrían un retardo emocional. No fui consciente de nada hasta que todos se fueron y quedé allí al cuidado del equipo. Me habían preparado un pequeño catre para sobrellevar una guardia a la que no recordaba haberme ofrecido voluntario, puesto que la obra nueva tan sólo estaba resguardada de forma provisional por unas desvencijadas puertas antiguas a la espera de la llegada e instalación de las nuevas. Me tumbé en aquel lecho y, en pocos segundos, caí rendido a un sueño sin imágenes.

No recuerdo cuánto tiempo pasé dormido, pero unos ruidos sordos en la puerta me despertaron. Aún era noche cerrada y tropecé varias veces en la oscuridad hasta dar con el camino hacia la entrada. Alguien llamaba sin estridencias, sin premura, sin urgencia, con mucho cuidado. Me acerqué a la puerta y, con voz ronca, pregunté quién andaba.

—Abre, primo, abre —una voz familiar me contestó—. Soy yo, la Pili.

Preguntándome si todavía me encontraba durmiendo, abrí la puerta. La luz de la calle penetró en los salones y junto con ella —me pareció que levitaba— entró mi prima. No tuve tiempo de decir una palabra más. La puerta se volvió a cerrar y quedamos atados en la oscuridad, el mundo quedaba al otro lado.

Labios que se apretaron en un suspiro de caricias. Ojos cerrados que viajaron aferrados a una sensación bombeada de la cabeza a los pies y de los pies a la cabeza como una corriente alterna. Suma de uno y uno que da uno, juntos fuimos piezas que encajan y forman un todo. Plenitud que recorrió nuestras bocas, el sabor de su aroma envolvió su largo cuello y noté su palpitar en mis manos traviesas, registrando, a su vez, con mi lengua la voluptuosidad del momento.

Bailamos en las sombras un vals de delirio que terminamos en el pequeño catre. Ahí me sumergí en su cuerpo cuan explorador, pintando con el carbón de mis dedos una geografía poblada por los suaves oteros y el horizonte de un valle del que bebí hasta saciarme. Cabalgué, cabalgamos, llevados por un impulso desconocido y, justo al final del trayecto, lo descubrí. Era mi prima años atrás en un soleado día de verano acompañada del olor a mar, era mi prima de geometrías imposibles apenas contenidas por un bikini blanco. Era mi prima Pili ‘la pija’. Me derramé por su interior avergonzado y extasiado a partes iguales, derrumbado por fuera al sentir el alba llamando a la cordura.

Al igual que aquella extraña noche, todo se precipitó en una difícil espiral de vergüenza y culpa. Inevitablemente, nos encontraron yaciendo juntos en aquellos salones, para colmo, parroquiales. Las beatas retransmitieron la noticia con efectiva celeridad por todos los rincones del barrio, repartiendo miradas acusadoras, histriónicos sofocos y lamentos como golpes pugilísticos. Acabé, sin remisión, sonado e, igualmente, vetado de todo acto comunitario al profanar con el incesto la inauguración de sagrados espacios.

Pero eso no fue lo peor, lo execrable de mi conducta pasó ante un tribunal familiar implacable. Mi padre, que se encontraba rendido al estupor general, permaneció mudo, ausente. Al contrario, mi tío Paco ‘el del taxi’, demostrando un talante español como pocos en este tipo de situaciones, me cogió por el cuello dispuesto a asfixiarme con sus propias manos al haber «mancillado el honor de su preciosa hija». Enrojecido y muy alterado, tuvieron que separarlo entre mis hermanos y mi padre. Salí magullado y deseando que hubiese culminado sus intenciones, condenado al ostracismo y con la expresa prohibición de ver a mi prima.

Tuve que exiliarme del barrio por el que yo había estado trabajando durante años. Un amigo me acogió provisionalmente en su casa a la espera de encontrar una vivienda y un trabajo que me permitiesen empezar de cero con el mundo. Fue allí, al mes y medio de todo lo ocurrido, donde me enteré de la noticia: mi prima Pili ‘la pija’ estaba embarazada.

Al principio, mi reacción fue templada, casi neutra. A los cinco minutos, me había convertido en un manojo de nervios. A la media hora, me encontraba de camino al barrio a ver a mi prima con una decisión entre ceja y ceja.

Mi tío me recibió en su casa con los brazos abiertos, concretamente, abiertos para recibirme con un abrazo de oso que hizo crujir todas mis costillas de mala manera, y murmurando entre dientes algo así como: «quelehashechoamihijadegenerado». Mi tía y mi prima, tras una secuencia de gritos irreproducible, consiguieron que me soltase y se tranquilizara un poco. Aparentemente tranquilo, minutos después, tuve que esquivar una folclórica que voló hacia mí y que se encontraba segundos antes descansando encima del televisor del salón cuando expuse con una determinación impropia de mí que quería hacerme cargo del niño y casarme con mi prima.

Sabía que el aborto no era una opción —mi tío, pero, sobre todo, mi tía, profundamente creyente, se negarían rotundamente— y que el daño a la familia ya estaba hecho, así que la única manera de asumir mi responsabilidad y aliviar mi aflicción era ponerle mi apellido —en este caso, el mismo que el de la madre— al bebé y buscar la manera de contraer matrimonio con mi prima de forma legal y honesta.

Tras muchísimos ataques de mi tío en los que temí por mi integridad física, conseguí convencerle de que era la mejor solución para todos. Mi prima Pili aceptó encantada, no sé si víctima de un amor prohibido que no podía reprimir o, más bien, deseando escapar de esa casa de lo locos en la que vivía. La familia… bueno, la familia lo fue aceptando poco a poco.

Como no podía ser menos, tuve que casarme por la iglesia exigido por los padres de la novia, pero ¿cómo? Con muchas dificultades y no pocos trámites conseguí una autorización para legitimar este sagrado sacramento. Casi ocho meses después, me encontré en el altar de una precipitada boda junto con el amor de vida y una barriga tan grande que tuvieron que arreglarle el vestido varias veces. A los pocos días, Pili dio a la luz a nuestra preciosa hija.

Nuestra pequeña Pilarín, cuyos ojos —afortunadamente— son una réplica exacta de los de la madre, nació sana, grande y sin problemas de ningún tipo. Lejos de acrecentar recelos y complicar aún más las cosas con mi familia, el nacimiento de la niña los acercó de nuevo. Los abuelos estaban orgullosos y las abuelas sellaron una paz sin condiciones. Mi hija, fruto del incesto, había apaciguado los ánimos.

No obstante, mi hija trajo alegría, pero no consiguió aliviar mi culpa. Instalado en un pisito de alquiler en otro barrio, sin problemas económicos y la mujer que hasta ese momento siempre había deseado a mi lado, no tuve sosiego. Todos las noches me iba a la cama con ella y hacíamos el amor, pero yo seguía recreando a mi prima ‘la pija’ en mi mente. Era ella, mi prima Pili ‘la pija’ la que ocupaba un lugar en mi corazón y no la mujer con la que me había terminado casando. Noche a noche, mi ilusión en este matrimonio se iba desvaneciendo.

Lo intenté todo. Una y otra vez me decía a mí mismo que era la misma mujer, la misma persona. Mi cabeza lo confirmaba, algo dentro de mí, por contra, lo rechazaba de pleno. Desesperado, cierto día, llegué a casa con un bikini blanco similar al que yo recordaba, se lo hice poner e hicimos el amor. En mitad del acto, mi virilidad cayó de forma estrepitosa y nunca más ha podido levantarse.

Pili, mi mujer, las primeras veces trató de ayudarme, de darme su apoyo. Seguía y seguía probando con juegos, disfraces, posturas y todo tipo de guarradas. Fue inútil, no volví a recuperar el deseo y ella acabó desistiendo. Resignada, se conformó con estar a mi lado y satisfacer sus necesidades, de vez en cuando, con juguetitos y algún amante ocasional. Obviamente, no la puedo culpar. Yo no estaba enamorado de ella, yo amaba a mi prima Pili ‘la pija’.

Pasaron los años. Mi familia terminó por convertirse en un respaldo muy importante para nuestro matrimonio, colmando de atenciones y regalos a nuestra hija. Yo vivía acostumbrado a la impotencia y la desilusión, haciendo de cada día el mismo día. Mi tío murió y le legó a mi hija todo lo que había ido ahorrando en vida. A cambio, nuestra hija nos ha regalado unas vacaciones en familia en un resort de la costa. Hemos ido a la playa todos juntos como antaño. Mi hija, Pili, llevaba un bikini blanco, pensé que se parecía muchísimo a su madre cuando tenía su edad. Algo en mí se ha despertado y me ha sobrevenido la culpa.