Le vieron aparecer arrastrando aquella pierna, un bulto que tan sólo le ayudaba a mantenerse en pie a duras penas y que le obligaba a caminar lenta e irregularmente. A pesar de ello, continuaba su marcha diaria, haciéndole frente a todo obstáculo que se encontraba en el azaroso camino de su día a día. Esa mañana también arrastraba frío, vapor de locomotora asmática que dibujaba el aura con cada difícil paso.

Observaron su sonrisa desdentada y sus ojos vidriosos pidiendo con voz de octavas divididas un pitillo que poderse llevar a los labios. Apagado como la mitad de su ser, sin el fuego de ninguna esperanza que le diese brío, le acompañaría babeado toda la mañana a modo de chupete hasta caer extinguido al sol de invierno que derretía parsimoniosamente la escarcha del tiempo en el banco de aquel, a esas horas, solitario parque.

Muchos otros reconocieron haberlo vigilado al percibir su extraño comportamiento, sorprendidos al contemplar su forma de perseguir jovencitas sin complejos, de perseguir la vida en esas cortas y tortuosas zancadas, o de perseguir el autobús agitando los brazos al viento con temor de no ser advertido y perder así un día más oteando la carretera desde la parada.