Se volvió a rascar el brazo con insistencia. Una nube oscurecía sus pensamientos y su boca se encontraba seca. La dentadura postiza le molestaba, pero, sin duda, el brazo era la mayor de sus molestias. El televisor despedía sonidos inteligibles como un fétido tufo, aunque no estaba seguro si era realmente era el televisor o la lavadora, ¿acaso la lavadora rebuznaba? No pudo tener certeza alguna, su ropa interior daba vueltas y más vueltas, puede que en su cabeza. Cogió el mando a distancia y presionó el botón de apagado con decisión.

Granizaba en su mente. El picor le atacaba de nuevo. Miró el reloj sin descubrir la hora; algo muy dentro, entre todo ese hielo, le insistía en que el tiempo ya no era importante. Ninguna cita, nadie a quien recibir, nada que esperar. Recordó con dificultad que sólo había una cita que llega casi sin avisar.

Sin avisar, le sobrevino una erección. Su cuerpo cansado y fofo, su mente brumosa y lenta, su miembro firme y dispuesto, dejando a un lado años de inapetencia y laxitud. Tragó saliva y dejó que la tempestad de su cerebro apaciguara ese repentino deseo mientras se rascaba el brazo cada vez con más violencia.

—¡Es la hora de tus medicinas, papá! —una voz lejana taladró la pared en la que se había convertido su mundo—. ¡Vamos! Tómate estas píldoras.

Le retuvo el quejoso brazo y atrajo hacia su mano unas cuantas pastillas. Rojas, blancas, azules… veneno para viejos que se convierte en un pueril intento de esquivar un día más a la parca.

—Me pica mucho el brazo, hijo —alcanzó a decir con voz ronca al mismo tiempo que se rascaba con la otra extremidad.

El hijo le apartó rápidamente la mano que utilizaba vehemente para rascar y le puso un vaso de agua.

—Anda, tómatelas y bebe un poquito de agua —suspiró mientras contemplaba el punto donde su padre se había rascado—. El médico dijo que podría haber algún que otro efecto secundario con el tratamiento.

Se metió las píldoras una a una en la boca, tragó y bebió con parsimonia del vaso de agua. Una sensación de ahogo le acompañó durante todo el proceso. Su mente empezó a adquirir algo más de claridad en pocos segundos. Aún mantenía la erección e intentaba ocultarla con disimulo.

—Muy bien, así está mejor —agregó su hijo cuando advirtió que había engullido todas las cápsulas—. Voy para la cocina, ¿necesitas algo?

Negó con la cabeza. Lo único que quería era estar un rato a solas. Relajarse y volver a poner en orden todos sus pensamientos. El picor en el brazo le martirizaba y notaba el bombeo de la sangre a través de su pene erguido, duro como cuando tenía quince años.

Su hijo cogió el vaso vacío y murmuró algo incomprensible. Con premura recorrió el espacio hasta la puerta y atravesó el umbral al mismo tiempo que cerraba la habitación. Pudo escuchar sus pasos alejándose por el pasillo. Sus sentidos, ahora despiertos, concluyeron que ya había pasado el peligro. Al igual que un adolescente, rápidamente descubrió su falo y lo agarró con una mano. En cuestión de segundos, después de haber cogido el ritmo, el picor en su brazo había desaparecido.