María López, morena con ojos verdes, piel clara, sonrisa de queso y antojo en forma de corazón en la nalga derecha, conoce a Javier Rodríguez, de pelo castaño, ojos marrones, piel clara, barbilampiño y un gran lunar en la cara interior del muslo derecho, en la tetería que se encuentra ubicada en la Calle Andrés Pérez, perpendicular a Calle Carretería, Málaga. Ambos son fervientes amantes de las películas francesas, adoran cocinar y sueñan con compartir sus vidas con una pareja sencilla y compresiva. María está esperando a una amiga para ir de compras, pero ésta se retrasa; en cambio, Javier es un asiduo del establecimiento, por lo que gusta de disfrutar de una taza de té mientras repasa gracias a su smartphone de última generación las noticias más destacadas de los diarios digitales. Diez segundos antes de conocerse, María entraba en el local abarrotado y buscaba un sitio para sentarse, se acercaba a Javier y le señalaba la silla vacía al otro lado de su mesita. Él no puso inconveniente, cortésmente le hizo un gesto para que se sentase y ella lo aceptó al mismo tiempo que se desplomaba en el asiento con un sonoro suspiro que evidenciaba un estrés creciente y acumulativo que había ido gestando a lo largo del día. Uno frente al otro, inician una conversación trivial que poco a poco ser irá tornando interesante.
Al margen del encuentro entre María y Javier, sentado a una mesa cercana, Raúl es espectador de lujo de esta escena de relato. No ha probado el té verde que humea ante él y en su rostro se puede apreciar la indignación que le produce ser un personaje de atrezzo en esta cursi farsa. En un arranque espontáneo impropio de los seres de su género, Raúl se levanta de la silla vociferando un discurso incomprensible y realizando aspavientos, lo único que se puede entender de esta salvaje diatriba es un estridente «¡Estoy harto!» que es acompañado del lanzamiento del contenido de la taza hacia una de las paredes de la tetería. El líquido, supuesto té verde, desgarra el virtual papel que separa la ficción de la realidad, abriendo un hueco en la cuarta pared que separa creación y creador. Lanzando improperios en guturales berridos, Raúl atraviesa el luminoso umbral de este insólito hueco y marcha en busca de su propio vida como protagonista.
En la sala, todos los demás personajes observan impávidos el suceso. De repente, una cabeza extraña asoma entre los destrozos del local, revisa el cuadro rápidamente con la mirada y con voz autoritaria ordena:
—¡Aquí no ha pasado! ¡Venga! ¡Todo el mundo de nuevo en su sitio! —gira la cabeza para mirar a la pareja compuesta por María y Javier—. ¡A ver, los tortolitos, a conocerse!
La cabeza vuelve al vacío exterior y, como por arte de magia, se repara la brecha abierta en la tetería. Los personajes que abarrotan la sala, tras unos segundos de hieratismo, vuelven a tomar vida como si no hubiese pasado nada. Sofocada la rebelión con tan sólo una disidencia, el pequeño dictador vuelve a marcar los pasos de esta fanfarria creadora.
Por su parte, Raúl, habiendo escapado de su destino de elemento contextualizador, ahora vive feliz sintiéndose el protagonista de su propia ficción, pero eso, valga la redundancia, es otra historia.