Desde la perspectiva que da el tiempo, aquellos hechos se sienten como los últimos coletazos de una enfermedad terminal, como el progreso irreversible de un cáncer maligno que siembra la desgracia a su paso, ya que todos pudimos intuir por los síntomas la gravedad del problema y prever sus consecuencias finales. Sin embargo, siempre existió un atisbo de esperanza, una confianza ciega en una especie de medicina prescrita por algunos curanderos que pudiese paliar los síntomas y revertir la situación, ilusión que cayó al igual que esos improvisados sanadores, chamanes de la derecha poco diestros en estos artes.

Algún que otro profesor de creación literaria aconsejaría no utilizar clichés para la narración, pero no se me ocurre mejor manera de explicar ciertas sensaciones aún vívidas, nítidamente reales. Y es que, como se suele decir, a veces la realidad trasciende a la ficción -ése era mi cliché-, y aquellos días nos levantábamos con la sensación de estar representando una versión esperpéntica de algún que otro drama social como, por ejemplo, la película Los lunes al sol de Fernando León de Aranoa.

No fue un lunes, era viernes, todos los compañeros llegábamos a ocupar nuestros puestos de trabajo con la pesadumbre de tener que aguantar dos meses de atraso en nuestras tramposas nóminas y las constantes dificultades ocasionadas por la cada vez más precaria situación de nuestra empresa. La metástasis iba corroyendo poco a poco todo; sin rumbo y sin responsable institucional daba la sensación de estar sobrevolando el desierto en una resquebrajada cometa sin hilo. Entonces, esa mañana, la cometa cayó sobre las dunas. No había electricidad, la materia prima básica para desempeñar nuestro trabajo.

Como en la película de Fernando León, diferentes personalidades se enfrentaban como podían al abismo de una situación laboral incierta, pero con una gran diferencia: estábamos encerrados en una cárcel que era nuestro propio puesto de trabajo.

Un mes al sol, un mes de travesía por el desierto bajo un sol otoñal que abrasaba nuestros nervios, un mes de reclusión exasperante, un mes de compañerismo y solidaridad, un mes de mentiras patronales y políticas, un mes de condena sin juicio a no poder abandonar nuestro puesto de trabajo pese a que el abandono del empresario era evidente.

Este artículo fue publicado en el Diario La Axarquía pocos días antes del juicio sobre el despido ilegal y el maltrato empresarial hacia los trabajadores de la extinta cadena local VTV Axarquía, de cuya plantilla de trabajadores formaba parte el autor de estas humildes líneas.